Bob Dylan celebrando el Nobel

Jueves, 15 de diciembre de 2016.-
Hace tiempo que todo el mundo habla de Bob, ya es hora de que en A70 digamos algo al respecto. Muchos opinadores se han referido a él como si fuera un fantoche, un cantante prejubilado sin interés ni valor alguno. Qué ignorantes. El actual Bob Dylan es un artista hiperactivo poseído por un frenesí que arranca en los años previos al cambio de siglo y que en lo que va de siglo XXI le mantiene grabando, tocando y publicando sin darse un respiro. Y siendo verdad que el tío no para quieto, luego todo consiste en que llega a un sitio, se sube al escenario y se tira cerca de dos horas maltratando su repertorio en actitud completamente inexpresiva y sin hacer ni una mueca que permita vislumbrar si nuestro gurú está contento, triste o enfadado. Así que le otorgan el Premio Nobel e imaginamos que lo celebró más o menos así, juntándose a tocar con sus colegas así de estáticos, sin mover ni una ceja.

Y mientras alargan y alargan la canción, el teléfono sin parar de sonar… los pesaos de la academia sueca venga a dar el coñazo y a punto de perder la esperanza de que alguien responda. Pasan las semanas y por fin Bob se da por enterado, pero su respuesta hace que la situación se vuelva todavía más incómoda. “Me siento muy honrado por el galardón, pero no sé si me vendrá bien ir a recogerlo”, viene a decir. Y luego va y envía a la ceremonia de entrega a Patti Smith para que esta protagonice en Estocolmo una tierna escena trastabillándose varias veces en la monumental A Hard Rain’s A-Gonna Fall. Oiga, es que aprenderse esa letra enterita no es nada fácil y una ya va teniendo una edad.

Sin profundizar mucho en la polémica sobre si merece el Nobel de Literatura, que eso sería meternos de cabeza en un charco que no nos incumbe, sí diremos que resulta divertido comprobar cómo se han ofendido algunos comisarios de la cultura, furiosos al ver invadido su territorio sagrado por un intruso. ¡Un cantante!, han dicho con desprecio, como si fuese un vulgar juntaletras de esos que trafican con ripios baratos para emocionar al populacho. Venga hombre, no se pongan tan exquisitos que tampoco han premiado a un Julio Iglesias o a un Luis Miguel, aunque sí hay que reconocer que resulta raro pensar en Bob Dylan como escritor. Cuando en 1965 todo el mundo estaba de acuerdo en calificarlo como poeta, él renunció a serlo porque en aquel momento le apetecía más ser músico. Ya ha llovido. Desde entonces nos ha sorprendido con conversiones de estilo, de disfraz y hasta de fe, y todo hasta perfeccionar un personaje hermético que finge que su mayor anhelo sería refugiarse en un imposible anonimato.

Bob Dylan - Masked And Anonymous
Masked And Anonymous (2003)

Ese videoclip de plano quieto, pero poderosa escenografía, salía en los extras del DVD del Modern Times edición de luxe, allá por 2006, pero remitía a una toma publicada años atrás en la banda sonora de Masked And Anonymous, que por aquí se llamó simplemente Anónimos. Como puede verse, la banda estaba bastante engrasada entonces, pero la película fue un desastre que apenas dio que hablar por las risas que en su versión original provocaba el ridículo acento que se inventó Penélope Cruz para interpretar a la guapa centroamericana a la que el personaje de Bob tiraba los tejos. Eso en la ficción, que durante el rodaje dicen que también, suponemos que para brutal engorde del ego de nuestra Penélope. Forzando muy mucho la memoria la cosa iba de que una estrella del rock llamada Jack Fate viajaba a un caricaturesco país al sur de México para participar en un extraño festival benéfico de aires circenses. El músico cree tener un inopinado parentesco con el dictador local, lo que le acaba involucrando en alguna que otra situación violenta para terminar derribando de un puñetazo al manager sin escrúpulos que le metió en semejante lío… vamos, un disparate sin pies ni cabeza sobre todo teniendo en cuenta que el tío a quien noquea el enquencle Dylan es nada menos que un peso pesado del tamaño de Jeff Bridges. Hay que decir que las veces que Bob Dylan se ha acercado al celuloide ha patinado en proyectos a cual más delirante, pero se salvan un par de títulos en que fue el cine quien se acercó a él. Cuando el propósito era simplemente reflejar su valor como músico e icono de los 60 bastaba con sacar al tío cantando él solito cosas como tan potentes como ésta.

Precisamente por el asunto del Nobel estos días había que revisar esas películas sobre Bob Dylan, que justo ponen el foco en el momento clave entre 1965 y 1966 cuando el Dylan líder generacional dimite del primer plano mundial y se marcha dando un portazo. Ambas películas tienen el valor de mostrar a Bob hablando en primera persona, algo que ha sido rarísimo a partir de entonces. Si lo hizo en el 65 ante el ínclito D.A. Pennebaker fue por prestarse a una especie de experimento de docurealidad que no se sabía muy bien cómo iba a salir. Salió muy bien: las cámaras se colaron en camerinos, viajes en coche, fiestas privadas y ruedas de prensa mostrándole tal como era; lo malo fue que Bob debió de sentirse incómodo al verse tan crudamente retratado y decidió que nunca mais. Tuvieron que pasar cuarenta años para que volviera a sincerarse ante una cámara de cine. No sabemos si sintió la necesidad de expresarse o lo hizo más bien porque quien se lo propuso fue Martin Scorsese. Para la gente que esté ahora desconcertada por lo del Premio Nobel y quiera saber cómo comenzó esta historia, esta peli lo cuenta bastante bien. El propio título No Direction Home da una pista sobre el sentido que tuvieron esos primeros años de búsqueda, apoyándose en los testimonios del propio Dylan y de mucha gente que anduvo por allí cerca. Y ya que hablamos de literatura, también sale un poeta de verdad explicando cuál es la relación que pueden tener las canciones de Bob Dylan con la poesía.

Más o menos puedo traducirlo aunque no sepa inglés, que hace poco lo vi subtitulado. Aproximadamente dice: “poesía es cuando unas palabras te emocionan en lo más profundo y reconoces en ellas una verdad subjetiva. Cuando eso mismo le sucede a muchas más personas se eleva a la categoría de realidad objetiva y entonces aparece alguien y sentencia: es poesía”. No hace falta explicar a qué se refiere Allen Ginsberg. No hay que llenar esto de vídeos para entenderlo. Ya hemos escuchado The Lonesome Death of Hattie Carrol, pero pueden ir a youtube y buscar subtítulos de esa época, cualquier cosa como With God on Our Side, When the Ship Comes In, Only a Pawn in Their Game, Chimes of Freedom y tantas y tantas canciones cargadas de palabras importantes, como bien dice Ginsberg en la peli de Scorsese, expresadas con la elocuencia de una profecía bíblica.

Bob Dylan - No Direction Home
No Direction Home (2005)

Y cuando más cómodamente podía instalarse en la cima del mundo llega su primer gran desplante. No quiere ser tratado como un profeta, le da igual el qué diran los Pete Seeger de turno. Ya dijo bien clarito todo lo que tenía que decir en sus cuatro primeros discos; tocaba pasar página y empezar a escribir letras raras, de esas que cantan músicos medio drogados y quedan bien con la guitarra eléctrica. Se hartó de ser el portavoz de su generación, la idea de ir a manifestaciones de la mano de Joan Baez le producía espanto. Que vaya ella, si tanto le gusta. Cuando el activista de guardia le preguntaba: “¿Hoy no viene Bobby?”, ella sufría por tener que guardarse su respuesta de hembra burlada: “Los muy idiotas siguen esperando a Bobby, aunque él nunca estuvo por aquí…”. Y así se ha mantenido desde entonces, evitando aparecer donde se le espera, dando plantones legendarios y haciendo cosas horribles solo por molestar, como juntarse con el Papa o con Johnny Cash. Y los señores del Nobel, creyéndose tan importantes, quisieron darse el lujo de sentar un Dylan a su mesa… ¿No queríais Dylan? Pues toma Patti Smith.

Qué momento para la historia, el rocanrol atravesando los muros de la alta sociedad, escuchado reverencialmente por gente vestida de gala y aplaudido por todos esos reyes y jefes de estado… No me digan que no ha merecido la pena. Porque puestos a tocar las narices, otra reacción ridícula muy extendida en los días posteriores al premio fue proponer todo tipo de nombres alternativos que lo habrían merecido más que él. “Hombre, ya puestos a darle el Nobel a un cantante yo habría preferido a Paul Simon o Leonard Cohen”, o sea, la tontería de turno que se dice por molestar, sobre todo pensando que el pobre Leonard tampoco habría llegado a tiempo de recogerlo en persona. Y capítulo aparte merecería la chorrada que al respecto dijo Mario Vargas Llosa, reivindicándose como aspirante a un premio en la próxima edición de los Grammy. Los Grammy Latinos, supongo. Pues bien, esa reacción es tan comprensible como la que pudo tener Belén Esteban cuando vio al buen Mario en la portada del Hola del brazo de la Preysler: “¿pero quién se ha creído este tipo para meterse en mi terreno?”.

De los Archivos A70, hoy recuperamos el contenido íntegro de “En recuerdo de la Thatcher”, que fue publicado el sábado 20 de abril de 2013.

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Bob Dylan celebrando el Nobel

Jueves, 15 de diciembre de 2016.-
Hace tiempo que todo el mundo habla de Bob, ya es hora de que en A70 digamos algo al respecto. Muchos opinadores se han referido a él como si fuera un fantoche, un cantante prejubilado sin interés ni valor alguno. Qué ignorantes. El actual Bob Dylan es un artista hiperactivo poseído por un frenesí que arranca en los años previos al cambio de siglo y que en lo que va de siglo XXI le mantiene grabando, tocando y publicando sin darse un respiro. Y siendo verdad que el tío no para quieto, luego todo consiste en que llega a un sitio, se sube al escenario y se tira cerca de dos horas maltratando su repertorio en actitud completamente inexpresiva y sin hacer ni una mueca que permita vislumbrar si nuestro gurú está contento, triste o enfadado. Así que le otorgan el Premio Nobel e imaginamos que lo celebró más o menos así, juntándose a tocar con sus colegas así de estáticos, sin mover ni una ceja.

Y mientras alargan y alargan la canción, el teléfono sin parar de sonar… los pesaos de la academia sueca venga a dar el coñazo y a punto de perder la esperanza de que alguien responda. Pasan las semanas y por fin Bob se da por enterado, pero su respuesta hace que la situación se vuelva todavía más incómoda. “Me siento muy honrado por el galardón, pero no sé si me vendrá bien ir a recogerlo”, viene a decir. Y luego va y envía a la ceremonia de entrega a Patti Smith para que esta protagonice en Estocolmo una tierna escena trastabillándose varias veces en la monumental A Hard Rain’s A-Gonna Fall. Oiga, es que aprenderse esa letra enterita no es nada fácil y una ya va teniendo una edad.

Sin profundizar mucho en la polémica sobre si merece el Nobel de Literatura, que eso sería meternos de cabeza en un charco que no nos incumbe, sí diremos que resulta divertido comprobar cómo se han ofendido algunos comisarios de la cultura, furiosos al ver invadido su territorio sagrado por un intruso. ¡Un cantante!, han dicho con desprecio, como si fuese un vulgar juntaletras de esos que trafican con ripios baratos para emocionar al populacho. Venga hombre, no se pongan tan exquisitos que tampoco han premiado a un Julio Iglesias o a un Luis Miguel, aunque sí hay que reconocer que resulta raro pensar en Bob Dylan como escritor. Cuando en 1965 todo el mundo estaba de acuerdo en calificarlo como poeta, él renunció a serlo porque en aquel momento le apetecía más ser músico. Ya ha llovido. Desde entonces nos ha sorprendido con conversiones de estilo, de disfraz y hasta de fe, y todo hasta perfeccionar un personaje hermético que finge que su mayor anhelo sería refugiarse en un imposible anonimato.

Bob Dylan - Masked And Anonymous
Masked And Anonymous (2003)

Ese videoclip de plano quieto, pero poderosa escenografía, salía en los extras del DVD del Modern Times edición de luxe, allá por 2006, pero remitía a una toma publicada años atrás en la banda sonora de Masked And Anonymous, que por aquí se llamó simplemente Anónimos. Como puede verse, la banda estaba bastante engrasada entonces, pero la película fue un desastre que apenas dio que hablar por las risas que en su versión original provocaba el ridículo acento que se inventó Penélope Cruz para interpretar a la guapa centroamericana a la que el personaje de Bob tiraba los tejos. Eso en la ficción, que durante el rodaje dicen que también, suponemos que para brutal engorde del ego de nuestra Penélope. Forzando muy mucho la memoria la cosa iba de que una estrella del rock llamada Jack Fate viajaba a un caricaturesco país al sur de México para participar en un extraño festival benéfico de aires circenses. El músico cree tener un inopinado parentesco con el dictador local, lo que le acaba involucrando en alguna que otra situación violenta para terminar derribando de un puñetazo al manager sin escrúpulos que le metió en semejante lío… vamos, un disparate sin pies ni cabeza sobre todo teniendo en cuenta que el tío a quien noquea el enquencle Dylan es nada menos que un peso pesado del tamaño de Jeff Bridges. Hay que decir que las veces que Bob Dylan se ha acercado al celuloide ha patinado en proyectos a cual más delirante, pero se salvan un par de títulos en que fue el cine quien se acercó a él. Cuando el propósito era simplemente reflejar su valor como músico e icono de los 60 bastaba con sacar al tío cantando él solito cosas como tan potentes como ésta.

Precisamente por el asunto del Nobel estos días había que revisar esas películas sobre Bob Dylan, que justo ponen el foco en el momento clave entre 1965 y 1966 cuando el Dylan líder generacional dimite del primer plano mundial y se marcha dando un portazo. Ambas películas tienen el valor de mostrar a Bob hablando en primera persona, algo que ha sido rarísimo a partir de entonces. Si lo hizo en el 65 ante el ínclito D.A. Pennebaker fue por prestarse a una especie de experimento de docurealidad que no se sabía muy bien cómo iba a salir. Salió muy bien: las cámaras se colaron en camerinos, viajes en coche, fiestas privadas y ruedas de prensa mostrándole tal como era; lo malo fue que Bob se debió de sentir incómodo al verse tan crudamente retratado que decidió que nunca mais. Tuvieron que pasar cuarenta años para que volviera a sincerarse ante una cámara de cine. No sabemos si sintió la necesidad de expresarse o lo hizo más bien porque quien se lo propuso fue Martin Scorsese. Para la gente que esté ahora desconcertada por lo del Premio Nobel y quiera saber cómo comenzó esta historia, esta peli lo cuenta bastante bien. El propio título No Direction Home da una pista sobre el sentido que tuvieron esos primeros años de búsqueda, apoyándose en los testimonios del propio Dylan y de mucha gente que anduvo por allí cerca. Y ya que hablamos de literatura, también sale un poeta de verdad explicando cuál es la relación que pueden tener las canciones de Bob Dylan con la poesía.

Más o menos puedo traducirlo aunque no sepa inglés, que hace poco lo vi subtitulado. Aproximadamente dice: “poesía es cuando unas palabras te emocionan en lo más profundo y reconoces en ellas una verdad subjetiva. Cuando eso mismo le sucede a muchas más personas se eleva a la categoría de realidad objetiva y entonces aparece alguien y sentencia: es poesía”. No hace falta explicar a qué se refiere Allen Ginsberg. No hay que llenar esto de vídeos para entenderlo. Ya hemos escuchado The Lonesome Death of Hattie Carrol, pero pueden ir a youtube y buscar subtítulos de esa época, cualquier cosa como With God on Our Side, When the Ship Comes In, Only a Pawn in Their Game, Chimes of Freedom y tantas y tantas canciones cargadas de palabras importantes, como bien dice Ginsberg en la peli de Scorsese, expresadas con la elocuencia de una profecía bíblica.

Bob Dylan - No Direction Home
No Direction Home (2005)

Y cuando más cómodamente podía instalarse en la cima del mundo llega su primer gran desplante. No quiere ser tratado como un profeta, le da igual el qué diran los Pete Seeger de turno. Ya dijo bien clarito todo lo que tenía que decir en sus cuatro primeros discos; tocaba pasar página y empezar a escribir letras raras, de esas que cantan músicos medio drogados y quedan bien con la guitarra eléctrica. Se hartó de ser el portavoz de su generación, la idea de ir a manifestaciones de la mano de Joan Baez le producía espanto. Que vaya ella, si tanto le gusta. Cuando el activista de guardia le preguntaba: “¿Hoy no viene Bobby?”, ella sufría por tener que guardarse su respuesta de hembra burlada: “Los muy idiotas siguen esperando a Bobby, aunque él nunca estuvo por aquí…”. Y así se ha mantenido desde entonces, evitando aparecer donde se le espera, dando plantones legendarios y haciendo cosas horribles solo por molestar, como juntarse con el Papa o con Johnny Cash. Y los señores del Nobel, creyéndose tan importantes, quisieron darse el lujo de sentar un Dylan a su mesa… ¿No queríais Dylan? Pues toma Patti Smith.

Qué momento para la historia, el rocanrol atravesando los muros de la alta sociedad, escuchado reverencialmente por gente vestida de gala y aplaudido por todos esos reyes y jefes de estado… No me digan que no ha merecido la pena. Porque puestos a tocar las narices, otra reacción ridícula muy extendida en los días posteriores al premio fue proponer todo tipo de nombres alternativos que lo habrían merecido más que él. “Hombre, ya puestos a darle el Nobel a un cantante yo habría preferido a Paul Simon o Leonard Cohen”, o sea, la tontería de turno que se dice por molestar, sobre todo pensando que el pobre Leonard tampoco habría llegado a tiempo de recogerlo en persona. Y capítulo aparte merecería la chorrada que al respecto dijo Mario Vargas Llosa, reivindicándose como aspirante a un premio en la próxima edición de los Grammy. Los Grammy Latinos, supongo. Pues bien, esa reacción es tan comprensible como la que pudo tener Belén Esteban cuando vio al buen Mario en la portada del Hola del brazo de la Preysler: “¿pero quién se ha creído este tipo para meterse en mi terreno?”.

De los Archivos A70, hoy recuperamos el contenido íntegro de “Atascado otra vez en Mobile con el Blues de Memphis sin poder salir”, que fue publicado el martes 1 de diciembre de 2009.

Enormes taxis amarillos x4

Lunes, 14 de noviembre de 2011.-
Aunque en muchas ocasiones he tratado el tema de las versiones, las versioncillas y los plagios, hasta ahora no me he metido a fondo en este asunto, que por otra parte me apasiona. La idea es coger una buena canción y exprimirla hasta la última gota con todas las versiones chulas que encuentre, así que me pongo a ello. Voy a aprovechar la petición de una vieja lectora, que hace tiempo me envió unos valiosos enlaces.

Pues sí, vamos a oír unas pocas veces Big Yellow Taxi, empezando por la original de Joni Mitchell, la rubia de la cara rara que casi no tenía dientes. Como se puede ver en la foto fija que sale en el vídeo, la canción pertenece a su tercer álbum, Ladies Of The Canyon, publicado en 1970. Hacía unos años que había llegado a los USA desde su Canadá natal (igualico que Neil Young) y para entonces ya era una de las indiscutibles musas del hippismo. Por cierto, a ese mismo disco pertenecía Woodstock, la canción que Joni escribió de la pura rabia que sintió al no haber podido estar en ese festival. Parece ser que cuando le ofrecieron tocar en Woodstock ya tenía firmado un bolo en un show de televisión, y pensó que la cosa no sería tan importante como para cancelar lo de la tele. ¿Cuántos millones de copias más habría vendido este single de haber sido interpretado ante miles de jóvenes semidesnudos cubiertos de barro? Eso nunca lo sabremos.

Ladies Of The Canyon (1970)

Joni nació en Alberta, vivió en un montón de ciudades canadienses y se casó muy joven con un tal Chuck Mitchell, al que conoció en el ambientillo folk de Toronto. Como él era de Detroit, se fueron a vivir allí para intentar ganarse la vida como cantantes. El matrimonio duró poco, pero Joni se quedó con el apellido para toda la vida. También decidió seguir buscando el estrellato por los EEUU: primero probó en Nueva York, desde donde recorrió todos los garitos folk de la Costa Este, y cuando por fin dio el salto a San Francisco en 1968 todos los cantautores del flower power quedaron impresionados por las canciones de Joni, por su increíble voz y por su personal manera de tocar la guitarra con afinaciones abiertas. David Crosby fue el primero que la conoció y quien le ayudó a publicar su primer LP. Después se hizo amiga de Stephen Stills y, sobre todo, mucho más amiga del inglés Graham Nash, lo que explica que les regalara la canción Woodstock para que Crosby, Stills, Nash & Young la grabaran primero. También llamó la atención de James Taylor e incluso del esquivo Bob Dylan, quien rápidamente grabó una versión de los taxis amarillos que años más tarde se rescató para su disco chungo de 1973, ese que sacó por su cuenta la CBS para hacer tiempo con retalitos encontrados aquí y allá.

Los de la compañía pensaban que Dylan estaba retrasando a propósito su siguiente LP para irse con la competencia, así que pusieron en las tiendas este engendro. Todos los dylanófilos coinciden en que es el peor disco de su carrera (bueno, a la par que Selfportrait), pero gracias a esta gran cagada pudimos disfrutar la versión de Joni Mitchell que incluía.

Bob Dylan - Dylan
Dylan (1973)

Como Bob es mucho Bob, la verdad es que le quedó una versioncita agradable y muy mona. Tanto Selfportrait como Dylan son muy odiados porque iban repletos de versiones horribles, arregladas con dudoso gusto y cantadas con voz impostada, como imitando a Johnny Cash. Por no extenderme, mencionaré solo un Can’t Help Falling In Love que seguro hizo sonrojar al propio Elvis, un Blue Moon demencial o un The Boxer a dos voces en el que no hay por donde coger a Simon ni a Garfunkel. Vamos, Bob Dylan haciéndose un autorretrato completamente deforme a través de las canciones de otros.

Bob Dylan - Selfportrait
Selfportrait (1970)

El caso es que, en el asunto de estos dos discos feos de portada fea, el Big Yellow Taxi que está sonando se salva un poco de la quema. Bob no se alejó demasiado de la original y respetó su tono de amable reivindicación ecologista. Sin agresividad, que para eso eran hippies. Lo que se llevaba en la época era la denuncia social y el compromiso político, pero nunca reñidos con el buen humor.

Joni Mitchell contó que la letra evoca su primera visita a Hawaii. Llegó de noche a su hotel y cuando se asomó por la mañana quedó espantada por el horrible aparcamiento que afeaba el paisaje hawaiano. “Asfaltaron el paraíso y construyeron un gigantesco aparcamiento”, dice en un plan muy de ecologista de ciudad. O sea, que desde su hotel rosa de Honolulu lamenta la mutilación sufrida por la naturaleza para construir el hotel, naturaleza que jamás habría conocido de no ser por el puñetero hotel rosa… Ahí lo dejo, que no es plan de poner demasiadas pegas a esta bonita canción.

Joni Mitchell - Big Yellow Taxi (single)Y por lo que se ve, también salió en Friends

Como nota fea hay que mencionar las horrorosas versiones que se hicieron en los 90, como la aproximación new age céltica de una tal Maire Brennan o la ñoñez parroquial de Amy Grant, que demuestran que Big Yellow Taxi era fácilmente estropeable. Pondré el ejemplo menos malo, el del enlace que me envió mi involuntaria colaboradora.

Creo que esto comenzó siendo un bonus track en un CD de Counting Crows, y más tarde injertaron los coros de Vanessa Carlton para que la chiquita promocionara no sé qué película. Total, que por un lado van los Crows haciendo la parte de Joni Mitchell y por otro la Vane metiendo los coritos de la versión de Dylan, pero en cursi. En fin, no hagamos más sangre del asunto y, por si son incapaces de ver este videoclip completo, les dejo para quitar el mal sabor de boca la genuina interpretación en directo de la inimitable Joni Mitchell en la tele en 1970, quizá el día en que perdió la oportunidad de cantar en Woodstock.