Unas lagrimillas por Krahe vol. I

Sábado, 18 de julio de 2015.-
Qué tío el Krahe, siempre tan puñetero. ¡Mira que morirse en pleno mes de julio! Era el peor mes posible para dejarnos huérfanos de sus canciones, así que ahora estamos en plena ola de calor repasando su discografía, que no pega nada con la temperatura. Lo demostrararé con unas cuantas canciones por las que tengo debilidad. No son las típicas Villatripas, La hoguera, Un burdo rumor ni El cromosoma que ahora todo el mundo menciona (“Van de boca en boca, son la comidilla”). También me gustan, claro, pero se han citado ya tanto que prefiero otras más selectas, esas en las que alguna vez descubrí una frase digna de ser memorizada para después atizársela a cualquier incauto a las primeras de cambio. Canciones que son “harina de otro costal”.

Huevos de corral tiene una estructura muy común en las letras de Krahe: un tema general (en este caso: usos y costumbres que en tiempos de Franco eran más auténticos), un tema concreto por estrofa (1ª: la religión: “hostias de corral”; 2ª: el parlamento: “leyes de corral”; 3ª: el sexo: “polvos de corral”; 4ª: los entierros: “fosas de corral”), rimas repetidas (por ejemplo: costal-corral”), penúltimo verso sobre su propia experiencia en el asunto (“yo ya/no lo he probado”) y verso final desternillante (muy bueno el de la 3ª estrofa: “no me extraña que / tanto ojete esté / a la virulé”). Desde que la escuché por primera vez le tengo especial debilidad. Seguramente fue en directo, pues es de una época en que todavía duraba el veto a Javier Krahe, de forma que sus discos solían hacerse esperar más o menos un lustro y sus conciertos se celebraban en catacumbas. Recuerdo que una vez lo vi en los sótanos del Teatro María Guerrero para quitarme el mono. Como publicaba poco, su repertorio de directo solía estar repleto de canciones que todavía no habían sido grabadas y por ejemplo este Huevos de corral llegó a hacerse popular mucho antes de ser incluida en Versos de tornillo. Recuerdo que escuchar en vivo una letra nueva de Krahe provocaba una sensación de vértigo, cada frase era una aventura en la que no sabías el quiebro con que te iba a sorprender el autor. Esta en concreto conseguía al final de cada estrofa la carcajada del público en un in crescendo perfecto: risas de grado uno para la primera estrofa, luego de grado dos, grado tres y por fin la risotada de grado cuatro para la última rima: “me imagino que / más de uno se fue / por el w.c.”. Esta y la del ojete, siempre tan celebradas en sus conciertos, me las apunto en la antología de frases favoritas.

Javier Krahe - Versos de tornillo
Versos de tornillo (1997)

Distanciado cuatro años desde el anterior, este CD fue el último que publicó Lollipop, discográfica que le sirvió para ir tirando en los malos tiempos. Después todo fue yendo a mejor con 18 Chulos, el sello creado a modo de cooperativa para que gente como Wyoming, Pablo Carbonell, Javier Ruibal y el propio Krahe pudieran grabar sus discos cuando les viniera en gana. Qué casualidad, se tuvo que marchar Felipe González de La Moncloa para que esta panda de amiguetes fundara la empresa que los liberaría de toda atadura. Aunque los políticos del PP suelan llevarse de calle el título de enemigos de la libertad de expresión, si hablamos del Caso Krahe la ecuación es bien simple: cuanta más pasta manejaban los ayuntamientos del PSOE más férreo fue el veto a Javier Krahe. Mientras el artisteo más próximo al establishment vivía de lujo gracias al generoso reparto del presupuesto en fiestas patronales, Krahe se quedaba a dos velas. Y es que a quién se le ocurre relacionar a Manitú con el presidente González, el mismo que con el tiempo llegaría a ser conocido como El Dios entre sus propios ministros. Esa etapa de desconcierto se tuvo que hacer bastante cansina, lo que se refleja en algunas letras que rezuman escepticismo, también político.

He aquí otra frase para enmarcar: “Un viejo residuo / tengo de individuo / que en vez de a la cola de ir a votar / me lleva al bar”. Toma ya, otra lección para los compañeros de profesión más proclives a poner su firma en manifiestos (*). Vaya por delante pertenece a su tercer disco, el último que hizo bajo el paraguas de la todopoderosa CBS. En el momento en que ocurrieron los sucesos de Cuervo ingenuo tuvo que cundir el pánico en los despachos de la major y no supieron qué hacer con el apestado. Cuando en el mundo civilizado un artista es atacado por el gobierno, su discográfica pone en marcha la maquinaria promocional para hincharse a vender discos, pero amigos, esto es España. Bloqueada por sus miedos y cortedad de miras, nuestra CBS optó por evitar problemas y pasó totalmente de Javier Krahe.

Javier Krahe - Corral de cuernos
Corral de cuernos (1985)

Aunque, bien mirado, antes de que el gobierno del PSOE le censurara ya se había adelantado la propia CBS mutilando una de sus canciones. En Corral de cuernos aparecía una especie de himno raro dedicado a Madrid titulado El hombre y el oso y el madroño, que en el estudio perdió de cuajo su última estrofa, total por un “tú pásame la chi-na-na chi-na-na chi-na-na, tú pásame la chi-na-na que vamos a fumar” a ritmo de chotis. Esa es otra de sus señas de indentidad: incluir estridencias que causaran impacto en boca de un señor tan serio como él. Así fue desde el principio, no en vano el salto a la fama le llegó a Krahe por el camino de la palabra gruesa: Marieta=gilipollas y San Cucufato=cojones fueron los platos fuertes de su primer disco. Y aquella vez a los amos de CBS no les importó, o quizá ni se enteraron.

Javier Krahe - Valle de lágrimas
Valle de lágrimas (1980)

Disculpen, pero ya ha sido bastante cansado tratar el asunto político como para toparse ahora con la iglesia, que es lo siguiente que toca al tratarse de otro de los temas recurrentes de su cancionero. Mejor lo dejo por hoy, que hace mucho calor. Haré una pausa para echar unas lagrimillas por Krahe, las de la portada de su primer disco, mientras escuchamos la canción fundacional de su carrera, la que interpretó en el programa de Tola ante millones de espectadores convirtiéndose en el primer ser humano que se atrevió a decir “gilipollas” en TVE sin apenas pestañear. Aquí tienen la versión en directo de 1988, con la banda desparramando un divertido arreglo como de orquesta de pueblo.

(*) Un apunte de agosto de 2015: Mientras seguía escribiendo leí cosas muy bonitas sobre Javier Krahe. Como lo de A70 ha sido cualquier cosa menos una necrológica, les enlazo una que me emocionó especialmente porque mencionaba la ternura como característica fundamental de sus letras, algo que nunca se me habría ocurrido. Aquí me enteré de que en su etapa final Krahe abandonó sus férreos principios abstencionistas y decidió apoyar con su voto a un partido de nuevo cuño, incluso permitió que su líder más prominente se subiera al escenario de Galileo a cantar con él. Qué pena dio ver a nuestro querido Krahe dejándose utilizar por un tipo tan ávido de poder, pero lo interpretaremos como un episodio más de esa sagrada manía suya de hacer en cada momento lo que le diera la real gana. Según dijo, ni su voto ni su apoyo eran incondicionales. Mi impresión es que Krahe les habría dado su merecido en forma de canción si llegan a acomodarse en sus poltronas, pero eso ya nunca lo sabremos. Siento vergüenza ajena por el oportunismo tuitero de las Carmenas, los Iglesias y hasta del tontaina ese de IU intentando apropiarse de la figura de Krahe. Qué gente tan ventajista, saben que ya no puede responderles con una rima.

Este serial sobre Javier Krahe se completa con Este otoño Krahe no toca en Galileo, Unas lagrimillas por Krahe vol. II y Unas lagrimillas por Krahe vol. III.

Anuncios

La película de Smash, la película de Julio Matito

Sábado, 20 de junio de 2015.-
Como ya saben de la anterior lectura, el éxito de Smash fue efímero y su corta carrera dejó un legado más bien escaso en grabaciones, sesiones fotográficas y material audiovisual. Para rematar el relato interrumpido en 1973 damos un salto hasta 1979, momento en que pudo concretarse el regreso del grupo. Fue Ángel Casas quien obró el milagro de reunir a los Smash originales excepto Henrik para tocar juntos en Musical Express, programa de TVE de la factoría de San Cugat.

Viendo aquí a Gualberto, Julio y Antoñito en plan power trío se puede uno imaginar que, transcurrido un lustro desde que tiraran la toalla, esta gente quizá estaba un poco arrepentida de las decisiones tomadas entonces y necesitaba volver a sentir la excitación de tocar en un grupo de rock. El punto álgido de Smash les proporcionó un prestigio y reconocimiento al que, no nos engañemos, ni llegaron a acercarse con sus proyectos en solitario. Ellos habían sido grandes cuando la industria del rock en España era casi inexistente; ahora que parecía que empezaba a salir del subdesarrollo era de justicia que reivindicaran su sitio. Tal vez funcionarían bien con este enfoque progresivo y a la vez hardroquero, que ahí es donde parecía haberse desplazado la mayor parte del público. Capacidad como instrumentistas tenían de sobra y la aptitud vocal de Julio Matito también quedaba muy por encima de tanto Ian Gillan de pacotilla como andaba por aquí pegando gritos sin ton ni son. Vamos, que la reunión de Smash más allá de su actuación en Musical Express estaba casi confirmada, según asegura Ángel Casas en la película. Ah, que ya casi se me olvidaba, existe una película dedicada a la historia de Smash donde se explica todo esto con absoluta nitidez y verdadera devoción por el grupo.

Gervasio Iglesias - Underground, la ciudad del arco iris
Underground, la ciudad del arco iris (2003)

Si no la han visto, pónganla entre sus tareas pendientes: la estupenda Underground, la ciudad del arco iris es una rareza deliciosa dentro el raquítico panorama del cine documental sobre rock en España. No sé si se comercializó lo suficientemente bien como para todavía encontrar una copia por algún sitio, si no aquí pueden verla cazada al vuelo en el Canal Historia, aunque la imagen de este enlace es tan deficiente que no sé si merece la pena. La dirigió Gervasio Iglesias, quien ante la falta de material original tiró de imaginación adornando la narración con animaciones digitales y actores vestidos al modo de la época. Les doy otra pista para conseguirla: se incluyó como DVD extra en una reedición en digipack de un recopilatorio de rock andaluz, Duende eléctrico, al que se cambió el nombre para la ocasión.

Hijos del agobio y del dolor
Hijos del agobio y del dolor (2006)

Underground merece mucho la pena. Recupera imágenes inéditas o poco conocidas de Smash y las ubica con precisión en su contexto con los testimonios de todos los protagonistas. Bueno, de todos los protagonistas menos Julio Matito, que ya no estaba para contarlo. Cada Smash tenía su propia película, a cual más interesante, pero la de Julio llega al corazón por su desgraciado final. Siempre que se le menciona queda claro que era un tipo especial, querido por todos. Manuel Molina, que al ser el último en llegar era quizá el que podía apreciarlo con más claridad, señala a Matito como motor creativo del grupo. Él era el que tenía el impulso de tirar hacia adelante y, dado lo mucho que era apreciado por todos, era capaz de conseguir que cada Smash pusiera lo mejor de sí en beneficio del proyecto común. Cuando el grupo se deshizo, y esto ya lo cuenta su mujer, el desengaño fue tan grande para Julio que decidió apartarse por completo de la escena artística. Por lo visto se retiró a un chiringuito en la playa de Chipiona, donde hizo amistad con un tipo que le animó a meterse en política. Qué poder de convicción no tendría que consiguió que volviera a colgarse la guitarra, actuando en actos del partido, componiendo el himno del PSOE para la campaña de 1977 e incluso grabando un LP en solitario que se distribuyó exclusivamente en las sedes del partido.

Julio Matito - ¡Salud!
Con Pablo Iglesias en la portada, pero el de verdad

El sujeto en cuestión tuvo cierta importancia posterior en el panorama político, era un tal Felipe González, pero Matito tampoco debió de sentirse a gusto con el meteórico ascenso de su amigo hacia el poder, factor decisivo que lo distanció de la política y le impulsó a volver al redil del rocanrol. Y en este punto regresamos al comienzo, a la mítica actuación de Musical Express, en la que para redondear la jugada también participaron unos Lole y Manuel ya con estatus de celebridades.

Estremece ver estas imágenes sabiendo que fue la última aparición pública de Julio Matito antes del accidente. Según cuenta Ángel Casas, él fue quien le propuso largar su estancia en Barcelona para grabar la entrevista que acompañaría la actuación. Al final no hubo entrevista, pues la carretera se cobró la vida del músico antes de que diera tiempo a nada más. Una pena sobre todo por él, que es lo que se dice siempre, porque aunque quede feo es inevitable lamentar la pérdida de esos Smash renacidos que podían haber sido realmente grandes. A juzgar por lo que grabaron para la tele la cosa tenía una pinta estupenda, incluso parece que se iban a atrever por fin con las letras en castellano.

En parte recordé todo esto porque los de Ochéntame otra vez, el programa de nostalgia ochentera que desempolva los archivos de TVE, dedicaron un capítulo al nuevo flamenco. La parte que se refería a Smash se ilustraba sobre todo con escenas de La ciudad del arco iris y con declaraciones actuales de Manuel Molina que, avatares del destino, también se emitieron solo unos días antes de su reciente fallecimiento. Salvando las distancias, lo mismo que ocurrió con Julio Matito.

De los Archivos A70, hoy recuperamos el contenido íntegro de “Tragedias del rocanrol vol. III: Phil Lynott”, que fue publicado originalmente el domingo 2 de enero de 2011.

Dylan según la versión áspera de Neil Young

Jueves, 12 de mayo de 2011.-
Comentando el anterior texto sobre Calamaro y el exceso de salmón, Nevsky intervino de forma certera para sacarnos del terrible error al que nos indujo Señor Remitente, quien recordó una vieja anécdota equivocando la banda sonora dylaniana. No señor, no se puede tergiversar la historia y tomar la palabra de Bob en vano, no es lo mismo “Knockin’” que “Blowin’”. Menos mal que Nevsky puso los verbos en su sitio.

Por alusiones… ¿alguna vez dije “versión rasgada de Blowin’ in the wind”? De verdad que no lo recuerdo, pero tampoco me atrevo a negarlo. Supongo que algo así diría para referirme a la inesperada versión que hizo el canadiense, con voz y guitarra distorsionada como únicos ingredientes. Juzguen ustedes.

Pues eso, que Neil Young coge una de las canciones más sobadas de la historia y casi 30 años después consigue que vuelva a tener sentido. Blowin’ in the Wind fue el primer gran himno antibelicista de los 60, la bandera de la canción protesta, de la rebeldía folk… incluso tuvo el dudoso honor de colarse para siempre en los coros de las iglesias, que los curas progres andaban entonces muy motivados con Bob Dylan, Paul Simon y Paul McCartney. Llegamos a los 90, de nuevo con sonido de misiles de fondo, y nuestro querido Mr. Young (como dirían los Lynyrd Skynyrd) decide que es la canción apropiada para volver a gritar que la guerra es una mierda. ¿Y que hace el bueno de Neil? Pues simplemente dar énfasis a las palabras escritas por Dylan, subrayarlas solo con una solitaria guitarra distorsionada (rasgada) y cantar despacito para que la gente pudiera redescubrir esa letra magistral. Sólo eso, más el ruido de las explosiones de fondo.

Weld (1991)

Ese disco en directo pertenece al periodo de auge que vivió Neil Young con sus Crazy Horse tras la explosión grunge. Nirvana, Pearl Jam y los demás veneraban al viejo Neil, así que este se tiró unos años potenciando el sonido más crudo de su grupo para dar gusto a todos esos jovencitos de Seattle. Curiosamente, este Blowin’ in the Wind es la única versión que incluía Weld y el único momento en que la furia de los Crazy Horse se calma un poco. Ralph Molina, Billy Talbot y Frank Sampedro se limitan a poco más que hacer coros mientras el jefe canta a sus anchas aquello de “the answer my friend”.

Los Crazy Horse al completoYoung, Sampedro, un Crazy Horse que pasaba por allí, Talbot y Molina, en este orden

¿Y a cuento de qué venía todo esto? En 1991 el mundo se estremecía por la Guerra del Golfo (la primera Guerra de Irak, la que declaró el papá de Bush con el apoyo de Felipe González). Fue una guerra televisada en directo, casi sin censuras, con Kuwait en llamas y las plataformas petrolíferas contaminando el mar. Un pobre cormorán cubierto por ese betún pringoso se convirtió en el nuevo icono de la barbarie humana, el mismo puñetero cormorán que se cuela en algún vídeo de Neil Young. Por cierto, que este canadiense afincado en California siempre había coqueteado con el partido republicano, pero tragar con una guerra era demasiado para un viejo hippie… ¡Impeachment para Bush padre y para Bush hijo!

Volviendo a lo del principio… qué maravillosa idea la de escuchar Blowin’ in the wind una mañana entera, y qué magnífica lección para esas becarias tan proclives a burlarse de sus mayores.