Las cinco canciones en que Manuel Molina se hizo roquero

Domingo, 14 de junio de 2015.-
Se murió Manuel Molina, figura de referencia en la puesta al día que tuvo el flamenco en el último cuarto del siglo XX. El flamenco me pilla bastante lejos, ni siquiera presté demasiada atención a Lole y Manuel, y sin embargo me afectó su pérdida como si fuera un músico de los míos. Si relaciono esta muerte con el rock español es porque Manuel Molina formó parte de un experimento maravilloso que tuvo lugar en Sevilla a principios de los 70. La cosa fue tan intensa y tan genial que se extinguió casi al instante dejando como legado cinco canciones grabadas en Barcelona en unas sesiones loquísimas. Esta es una de ellas.

Manuel Molina se juntó con Smash cuando el grupo ya había publicado dos LP’s. Ya antes de llegar Molina se les solía etiquetar como grupo de rock andaluz, aunque más por ubicación que porque su música mostrara la raíz sureña. Julio, Gualberto y Antoñito eran los tres sevillanos, mientras la nota exótica la ponía Henrik, un danés plenamente integrado en el paisaje de la ciudad. Todos ellos participaban del gusto por el flamenco, pero en realidad su música era hippie casi al cien por cien. Ser hippie en aquella época en Sevilla no debía de ser nada fácil, pero allí se concentraba tal cantidad de creatividad con pelo largo que los historiadores suelen estar de acuerdo en que era el principal foco roquero de España. Fue por culpa, según se ha dicho, de las bases americanas de Rota y Morón. Los sevillanos se interesaron por los discos que traían los soldados y los yanquis alucinaron con el flamenco, así empezó todo. Lo de asombrar al underground español con un grupo de rock progresivo desde Sevilla fue idea, cómo no, de Gonzalo García-Pelayo, pero lo de añadir a Smash un flamenco de pedigrí hay que atribuírselo a Ricardo Pachón. Entre productores andaba el juego.

Smash como quinteto en 1971
La única foto de internet en la que salen los cinco 

He leído por ahí en el libreto de un CD que Manuel Molina tenía que incorporarse al servicio militar. Pachón le propuso unirse a Smash y a cambio él utilizaría sus influencias para librarle de su compromiso con la patria. No creo que a Molina le hiciera mucha gracia convertirse en roquero, pero mucho menos le apetecería lo de la mili, por eso en las pocas fotos que se hizo con el grupo Manuel Molina disimula su pelo corto bajo un gorrito de cuero que le daba un cierto aspecto a lo Pete Townshend. La mezcla era explosiva, cuatro hippies de Sevilla con un gitano nacido en Ceuta, y como en seguida se vio que entre ellos había feeling se fueron a Barcelona rápidamente a grabar lo que fuera. Antes que nada hay que aclarar que fusión, lo que se dice fusión, hubo más buen poca. Los hippies iban por su lado y el gitano por el suyo. Respetaban sus turnos: cuando Julio Matito paraba de cantar, entonces empezaba Manuel; cuando éste daba sus últimos toques a la guitarra flamenca, Gualberto le tomaba el relevo con la eléctrica o el sitar. Juntos, pero no revueltos. A veces todos a la vez, muy pocas jaleando los hippies o rocanroleando el gitano.

Smash - El garrotin
El garrotín/Tangos de Ketama (1971)

La publicación del segundo LP, We come to smash this time, ponía fin a su contrato discográfico con Phillips en ese mismo 1971 con más pena que gloria. Era el momento de cambiar y, casi de inmediato, Ricardo Pachón les facilita el contacto con Oriol Regás, dueño de la sala Bocaccio y del sello de igual nombre. Rápidamente los cinco Smash se plantan en Barcelona para grabar en condiciones envidiables: libertad creativa total y enorme despliegue de medios a su disposición. No habría problema, pues en el proyecto también estaba el gran Alain Milhaud, productor de lujo que, grabaran lo que grabaran, sabría encontrar coherencia al material y sacar lustre al sonido… ummmm… ¿no hay demasiado productor en esta historia? Puede que sí, pues fue precisamente ese factor el que lo echó todo por tierra. Milhaud era una especie de rey midas del negocio y no iba a renunciar a las posibilidades comerciales que pudiera tener Smash por muy hippies que estos fueran. Y, claro que sí, el tío encontró el filón. Lo de El garrotín se adivinaba como un auténtico bombazo, así que los de Bocaccio no tardaron ni un minuto en sacar el single a la calle. Genio y figura, Gualberto no pudo soportar oírse a todas horas en la radio ni verse en las listas de éxito, por lo que abandonó el grupo de forma fulminante. Para la portada del siguiente single la foto de Smash volvería a ser de cuatro, pero ahora con Manuel Molina en lugar de Gualberto.

Smash - Ni recuerdo, ni olvido
Ni recuerdo, ni olvido (1972)

Tienen su gracia estas fotos de la época final de Smash. Parece que la estrategia fue integrar a Manuel Molina en la estética del grupo como un roquero más. Ya le había crecido un poco el pelo y la barba y podía dar el pego, que total, una camisa de cuello enorme abierta hasta el ombligo y unos vaqueros acampanados lo podía lucir cualquier macarrilla de la época, ya fuera flamenco o yé-yé. Pero bueno, el caso es que estaba claro que la cosa no daba mucho más de sí, así que apuraron esos días felices de estancia en Barcelona y cuando volvieron a Sevilla cada mochuelo a su olivo a continuar cada uno con su propia historia. Smash se disolvió como un azucarillo mientras Manuel se casó con Lole por el rito gitano y por el discográfico. El éxito de Lole y Manuel fue estratosférico, llegando a ser idolatrados por toda la juventud, sin distinción de raza, credo o condición y más recientemente siendo elevados a la categoría de mitos al ser incluidos por Quentin Tarantino en alguna de sus estilosas bandas sonoras. Nunca entendí por qué gustaban tanto en ambientes roqueros, igual era que la gente veía en Lole una especie de Janis Joplin andalusí y a Molina como un flamenco de pura cepa que se atrevió a cruzar la barrera para explorar territorios eléctricos. Y también que ambos eran muy guapos, para qué negarlo. El hecho es que Manuel Molina tuvo la visión de integrar en sus grabaciones con Lole a los músicos de Smash, precisamente el mismo camino luego recorrido por Paco Lucía y Camarón cuando coquetearon con la gente de Dolores y Veneno, ahí queda eso.

Smash - Ni recuerdo, ni olvido (Maxi)
Ni recuerdo, ni olvido (Maxi)

Pero este relato tenía que aparecer en escena un productor más, el perejil que no puede faltar en ninguna salsa… Mariscal Romero. Cuando Zafiro se quedó con el catálogo del sello Bocaccio, al Mariscal se entusiasmó con la idea de publicar bajo el logo de Chapa Discos un disco de los extintos Smash que reuniera todas esas grabaciones, pero por mucho que buscaron solo existían las mencionadas cinco canciones. No había más: El garrotín, Tangos de Ketama, Tarantos, el Ni recuerdo, ni olvido que sonó al principio más este Alameda’s blues que era un auténtico disparate. Decía la copla flamenca que “a mí se me importa poco que un pájaro en la alamea se pase de un árbol a otro”; escuchen lo auténtico que suena en inglés y en tiempo de blues.

Como no había material suficiente para completar un LP, la solución fue inventarse un engendro para meterlo en el saco del tan cacareado nuevo flamenco, con Smash ocupando la Cara A e invitando a Sanlúcar y Agujetas a completar una segunda cara. Es probablemente el disco más extraño que confirmaba la regla de un catálogo tan homogéneo como fue el de Chapa. Como dato anecdótico decir que para las portadas de este LP y del maxi que se extrajo se emplearon fotos de la última etapa de Smash como cuarteto, pero en la portada al menos tuvieron el detalle de añadir el nombre de Gualberto entre sus integrantes.

Vanguardia y pureza del flamenco
Vanguardia y pureza del flamenco (1978)

Si desean profundizar en la maravillosa peripecia de estos pioneros del rock-hippie-andaluz, les remito a los libros y artículos de Luis Clemente, mi cronista favorito en el género, y la estupenda peli Underground, la ciudad del arco iris. Solo decir que he vuelto a verla a propósito de lo de Manuel Molina y me he quedado enganchado a los avatares de la trágica biografía de Julio Matito… pero esa es ya otra historia.

De los Archivos A70, hoy recuperamos el contenido íntegro de “1973, los peludos invaden España”, que fue publicado originalmente el 17 de diciembre de 2009.

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Mariscal Romero, el primer indignado

Sábado, 27 de agosto de 2011.-
Se acaba este extraño agosto de 2011, ocupado en Madrid por extenuantes manifestaciones católicas y protestantes. Confieso mi indiferencia hacia las religiones, sin embargo he de reconocer que experimento cierta antipatía ante todo lo protestante. El gran Silvio tuvo en uno de sus primeros grupos a un batería que era negro y protestante. Pese a que era un excelente aporreador decidió despedirlo, y no por negro. Sabía que la presencia de un protestante en el grupo no traería más que problemas, y Silvio nunca se equivocaba.

El mes comenzó en Atascado en los 70 también con polémica. Un par de nuevos amigos se enzarzaban en la eterna disputa sobre si es mejor decir Stones o Rolling. Se trata de un gran dilema sobre el que me encanta discutir, y no digamos si en la refriega sale a relucir la figura de Vicente Mariscal Romero. Tengo por costumbre hacer una reverencia al escuchar el nombre de este gran benefactor del rock en España. Rápidamente, me he puesto a buscar y he encontrado esta joya, que demuestra que la indignación contra los políticos no se inventó en mayo de 2011.

Vaya, resulta que los roqueros de barrio empezábamos a estar hartos de los políticos de la transición ya en el mismísimo 1978. Ha llovido mucho desde entonces y han brotado unas cuantas chabolas de indignados en la Puerta del Sol. Como dije, no siento mucha simpatía por esos jóvenes barbudos y esas chicas con piercing que tanto cariño han cogido al kilómetro cero. Será que me he convertido en un señor mayor y me muero de envidia por no tener veinte años igual que ellos. También envidio lo animado que les ha salido este verano de la indignación en Madrid, en comparación con los soporíferos agostos madrileños de antaño. Y sobre todo, ese chollo de poder chotearse de la policía en su cara a cambio de un par de porrazos en tres meses. No está nada mal, cuando yo tenía veinte años no era así de barato. Era más seguro encauzar la indignación hacia otros ámbitos, como chapurrear canciones de The Rolling Stones en inglés inventado. Hayguasborn inacrasfar jarricain, que decía Mariscal Romero.

Mariscal Romero fue un profesional de la radio que tuvo la jeta de ponerse a cantar sin tener ni idea de hacerlo, todo porque era una especie de iluminado con una importante misión: dar un impulso a nuestro rock autóctono. ¿Y quién era él para hacerlo? Pues el inventor de la radio roquera en España. Antes hubo otros, como Ángel Álvarez o Alfonso Eduardo, pero Mariscal era un roquero de verdad. Lo suyo era ROCK con mayúsculas, que solía decir él. No sé cómo se las arregló, pero a principios de los 70 el tío se coló en la onda media de una de las radios públicas con un programa en el que ponía a los Stones, Uriah Heep, Jethro Tull y gente así. Se llamaba Musicolandia y se emitía en Radio Centro, que era una de las cadenas del conglomerado de la Radio Nacional de España franquista. Pero el incansable Mariscal no se conformó e hizo doblete con otro programa en la FM, el legendario Mariscal Romero Show, con el que ya obtuvo tanta relevancia que le contrataban como disc jockey en festivales de rock y le ponían como cabeza de cartel por encima de los propios grupos. Este es el aspecto que gastaba en aquella época.

Mariscal Romero Show-Black Feeling (1977)

Mariscal le echó morro y, consciente de sus limitaciones, aceptó el reto de lanzarse a rocanrolear… o algo parecido. Había que conquistar presencia pública para el rock español, y en ese momento el Mariscal era más famoso que cualquiera de los músicos del género… así que se puso al frente del escenario, cogió el micro y asumió su papel de agitador. El objetivo principal era grabar discos, y por fin lo consiguieron con el primer ¡¡Viva el Rollo!! (1975). El proyecto sirvió para que Burning, Volumen, Indiana y Tílburi publicaran un par de canciones, pero a condición de que también diera la cara Mariscal Romero, que se marcó dos versiones stonianas acompañado por The Moon, uno de los grupos más competentes del momento.

Siempre bien agarrado a los Stones, tanto en el primer Viva el Rollo como en el segundo. Jumpin’ Jack Flash y Honky Tonk Woman en el Vol. I y No nos dan satisfacción en el Vol. II. Lo que va entre ambos discos es el paso trascendental desde la iniciática Serie Gong (subsello de Movieplay) al mítico Chapa Discos (subsello de Zafiro). Este Rock del Manzanares – Viva el Rollo Vol. 2 es una de las primeras referencias del inimitable sonido Chapa, y en él Vicente Romero apadrinó a cinco grupos del entonces llamado rock mesetario: Asfalto, Leño, Cucharada, Union Pacific y Araxes II. Los tres primeros pudieron grabar después sus propios LP’s con mayor o menor fortuna; Union Pacific se tuvo que conformar con ser el grupo que dio soporte al Mariscal en su hilarante Satisfaction y con ser cantera de los futuros Obús; y por último, Araxes II disfrutó de un gran prestigio en el rock sinfónico de aquel momento y ha vuelto a la actualidad este verano por ser la banda en la que militó el tristemente célebre José Rodríguez Neri, cerebro de la trama SGAE que acaba de salir de la prisión de Soto previo pago de 300.000 euros de fianza… una modesta cantidad comparada con lo que Neri manejaba.

Arriba, primer volumen de ¡¡Viva el Rollo!! publicado bajo la marca Gong, subsello roquero de Movieplay que no cuajó mucho más allá de inflarse a ganar pasta con Triana.
Como desde allí no había manera de dar el impulso necesario al rock español, Mariscal convenció al sello Zafiro para crear la Serie Chapa, que echó a andar con este Viva el Rollo Vol. 2 de aquí abajo

Además de estos discos colectivos, Mariscal también publicó dos álbumes propios: Mariscal Romero Show-Black Feeling (1977) y Zumo de Radio (1980). Del primero ya han podido ver su indescriptible portada unos párrafos antes, muy ilustrativa de su manera de hacer radio: siempre de pie, nunca sentado. Su contenido es bastante extraño, con Romero aullando sobre temas funk y música disco, pero lleva el nombre de su recordado programa en Radio Juventud, que era la emisora de FM de Radio Cadena Española.

Cuando RNE se reorganizó en la década siguiente, algunas de esas frecuencias de Radio Centro y Radio Juventud fueron utilizadas para montar Radio 3, la casa donde se refugiaron los patriarcas de la modernez y la nueva ola. Mariscal no estuvo allí, pues nunca quiso mezclarse con los Ordóvas de turno. Debo decir que una vez conocí en persona al gran Vicente Romero y me impresionó la elocuencia con la que pronunciaba el apellido “Ordóvas”, con acento en la segunda “o”, una forma despectiva de enfatizar la traición de Jesús Ordovás, que de joven estuvo en el grupo fundacional del Viva el Rollo y luego les hizo un corte de manga para marcharse con los de los pelos de colores.

Mariscal se escabulló de la apoteosis pegamoide de mediados de los 80 refugiándose en Argentina, donde impartió su magisterio radiofónico desde la Rock & Gol de allá. Luego regresó, hizo una breve incursión en Cadena 100 con un show matinal y sobre todo se centró en el negocio editorial publicando revistas roqueras imbatibles en ventas. Hace tiempo que cambió su nombre para hacerse llamar Mariskal con “k”, y lo más increíble es que el tío sigue en plena forma, al pie del cañón con página web, radio on-line y consiguiendo que la Kerrang y la Heavy Rock se mantengan firmes en los kioskos. ¡Larga vida al Mariscal!

Zumo de Radio (1980), con otro autógrafo del Mariscal

FE DE ERRORES 03/11/2011
Me falló la memoria justo en el último párrafo y se deslizaron dos datos erróneos, hábilmente subsanados en los comentarios por un insigne lector. Pueden salir de dudas un poco más abajo.