Mi vida entre las hormigas: leve objeción a la peli de Ilegales

Viernes, 23 de junio de 2016.-
Hace una semana nos pasamos por el estreno en la Plaza del Callao, o más bien habría que decir que nos colamos en su fiesta, siguiendo las enseñanzas de una de las primeras canciones de Ilegales. Vaya por delante que fue un verdadero deleite contemplar las andanzas de Jorge y sus secuaces en pantalla grande, nada menos que la del Palacio de la Prensa. Eventos así suben mucho la moral al roquerío madrileño, que falta nos hace. A la peli le pondremos por lo menos un nueve sobre diez: engancha de principio a fin. Nos emocionó, nos divirtió y reímos a rabiar. Pero vayamos al grano sobre la única pega encontrada: se echa en falta algo más de música. Un ejemplo.

La explicación de este ¡Heil Hitler! se lleva un buen pedazo de metraje, pero la canción se ventila con apenas un par de rafaguillas. Entendemos que el prota absoluto es Jorge Martínez, que habla y que habla de forma incontenible y que tenía cientos de historias que contar. Ilustrar cada anécdota con el fragmento adecuado de música podría haber alargado la cosa hasta las seis horas y media. Se ha optado por sacrificar las canciones, pues al fin y al cabo ya nos las sabemos. Cuando Jorge grita “¡Jipis!” todos pensamos “No me gustan los jipis” y con solo oír “Nazis” un inmediato “Simpáticos los nazis” se nos viene a la cabeza. Pero si el que lo está viendo no conoce la historia de primera mano puede que se le quede un poco coja al no escuchar la provocación completa. Para comprender que esta canción de Ilegales cabreó a tope a progres y jipiosos en general y al público del Rock & Rios en particular, lo suyo es darle más cancha… aunque luego venga el propio Miguel Ríos a explicarnos la monumental bronca que provocaron aquel día en Asturias unos teloneros llamados Ilegales.


Mi vida entre las hormigas.
El documental de Ilegales

Y lo mismo que del asunto ‘Hitler’ podríamos decir del episodio Stick de hockey, que tenía una canción enterita con ese mismo nombre y apenas se escucha. Y que para ilustrar el enfrentamiento con su padre venía al pelo El héroe de los gatos. Y que cuando suena Voy al bar rápidamente se desvanece para dar paso a una extensa charla alcohólica con el camarero de guardia, eso sí, interesantísima en lo que se refiere a bebidas arqueológicas como el Pippermint y el Licor 43. En fin, que a ratos parece que falta contexto musical para redondear algunos argumentos… pero no se hable más de este asunto, vayamos a los puntos fuertes.

El principal: la verborrea de Jorge, el gran bocazas, el tío que con diferencia daba mejores entrevistas de todo el rock español. Aquí ha habido mucho músico de rock, pero lo que se dice estrellas del rock se cuentan con los dedos de una mano. Entre ellos Jorge Ilegal solía estar especialmente comprometido en su papel de divo. Siempre se preparaba una buena artillería de frases apoteósicas para ofrecer potentes titulares, ¿pero realmente se las preparaba o es que le salían tal que así? Desde luego Jorge es ocurrente, pero tal precisión en sus palabras no podía ser casual. Viendo lo meticuloso que se muestra eligiendo guitarras, supervisando músicos y controlando la labor de técnicos de sonido se puede suponer que su disposición hacia la prensa del ramo se debe a que era profesional y competente hasta para eso.


Una cabeza a punto de estallar

Otra cuestión. Siendo el energúmeno ultraviolento que todo el mundo se esfuerza en describir ha resultado que para el rodaje de este documental ha aparecido un montón de gente dispuesta a hablar sobre Jorge Martínez con cariño y admiración. Mención especial para David Alonso y Willy Vijande, batería y bajista de la época gloriosa, que ofrecen un impagable testimonio sobre auge y caída del músico de rock, con las drogas duras siempre acechando desde el lado oscuro. Los siguientes miembros que fueron pasando por Ilegales lo pintan como un líder despótico capaz de humillar a un joven recién incorporado al grupo para acto seguido adoptar hacia él una actitud paternal orientada a transmitirle todos los conocimientos que necesitará para ser un profesional del rock. Enternecedor ese estilo familiar al modo napolitano. Y cuando un bajista de tan largo recorrido como Alejandro Espina cae en combate de forma inesperada la pérdida es llorada con desconsuelo. La escena del tanatorio transmite momentos de auténtica congoja.


Mi vida entre las hormigas (CD + DVD, 2017)

Por otra parte, por la película van desfilando personajes de lo más variopinto, desde guardianes de la prensa oficialista de toda la vida como los Ordovases, Manriques y Fernandoflores de turno a un purista del rock auténtico como el Mariscal Romero disparatando como inesperado experto en prehistoria ilegal. Y también productores, disqueros de postín, señores asturianos que alguna vez condujeron una furgoneta o fueron técnicos de luces y, sobre todo, muchos compañeros de profesión recordando escenas de acción que se producían por el mero hecho de compartir camerinos y escenario con Jorge y su tribu. Resulta que el documental Mi vida con las hormigas lleva años fraguándose y todos estos testimonios se han ido recogiendo mientras se desplegaba una campaña de crowfunding para reunir el apoyo moral y económico necesario. Todo este tiempo los impulsores del proyecto han ido sembrando la red de vídeos como este.

Parte de esta promo ha entrado en el montaje final como impactante escena de reunión de viejos enemigos. Sentados a la mesa, Jorge, Jaime Urrutia y Javier Andreu ajustan cuentas con el pasado y se echan a la cara las viejas rencillas. Como en el anuncio de Mahou, pero de mal rollo. Y entonces Jorge suelta la gran parida: “Fuimos gilipollas, teníamos que haber montado una gira conjunta Ilegales-Gabinete, insultarnos en la prensa para calentar el ambiente y hostiarnos cada noche sobre el escenario. Nos hubiéramos forrado”. El cantante de La Frontera se parte de risa mientras Urrutia apoya la ocurrencia a sabiendas de que sus antiguos colegas de Gabinete Caligari tendrían aún menos ganas de juntarse con él que con Jorge.


Que los directores asuman las consecuencias 

Por ir concluyendo, tenemos que felicitar a Chema VeigaJuan Moya por haber llevado el barco a buen puerto. Mi vida con las hormigas se está presentando estos días en más capitales y se va a proyectar en algunos cines. Si tienen la oportunidad, no lo duden. En la oscuridad de la sala fuimos transportados a un glorioso pasado en un ejercicio de nostalgia con pocas concesiones a la blandenguería. Sensiblerías las justas, porque lo que recuerda la peli es un tiempo en que el rock español se permitió el lujo de ser condenadamente salvaje y divertido. Las bandas punteras ganaban pasta y podían experimentar sin complejos por el laberinto de las drogas y el sexo químicamente puro. Si encima ese grupo superventas se llamaba Ilegales, den por seguro que el relato de sus tropelías garantiza emociones fuertes.

Y aunque Jorge tiene una larga trayectoria que recordar, el tío continúa componiendo piezas increíbles. Muchas del último disco La vida es fuego suenan sin problemas entre sus clásicos de siempre, y para demostrar que ni mucho menos está agotado como compositor ha entregado una nueva canción a propósito de la peli. Una canción aparentemente fea, pero en realidad una intensísima declaración de principios.

Lleva el mismo título que el documental y suena al final del mismo mientras avanzan los títulos de crédito. Tras varias escuchas la hemos aceptado como una enorme canción ilegal, escrita desde la perspectiva de un roquero que ya ha cumplido los sesenta y que demuestra estar a la altura ahora que un par de tipos decidieron rodar una película que honrara su accidentada carrera.

Aquí, como es costumbre, no estuvimos al corriente del ‘craufandin’ ni de todas esas cosas modernas, así que apoyaremos a la manera tradicional, a posteriori. Es decir, compraremos el disco e iremos a algún concierto… ¿el 6 de julio en Getafe? La verdad, pilla un poco lejos… pero habrá que planteárselo.

De los Archivos A70, hoy recuperamos el contenido íntegro de “Jorge Ilegal contra la memoria histórica selectiva (Parte 1ª)”, que fue publicado originalmente el martes 11 de mayo de 2010.

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Summertime Blues

Domingo, 06 de noviembre de 2016.-
Tristeza de verano, traducción aproximada que podríamos interpretar con un tinte de nostalgia por esa estación del año de la que ya no queda ni rastro. El calor se resistió a aflojar, lo que nos sirvió como excusa para prolongar algo más de la cuenta el letargo de A70, que es como la marmota Phil de Punxsutawney pero al revés. Ahora que todos los animalitos de Pensilvania se fueron a dormir, llegó el momento de ponerse manos a la obra.


Viene a cuento este clásico de Eddie Cochran porque fue objeto de alusiones en el blog donde solemos matar el gusanillo durante los meses de verano, nuestro otro blog. Allí se mencionaron adaptaciones al español y algún megaéxito doméstico vagamente emparentado (abajo del todo pongo enlaces), pero como esos textos no se apoyaron exactamente en la versión original aquí comenzamos escuchándola como es debido.

Eddie Cochran - 12 of His Biggest Hits
12 of His Biggest Hits (1960)

Ni que decir tiene que el Cochran genuino fue un descubrimiento tardío, más allá de que se lo hubiésemos oído mencionar a algún rocker del barrio. Los roqueros de base sentíamos bastante respeto por los rockers de verdad, los que se esculpieron tupés a cincel durante la moda del rockabilly, porque ellos sabían cosas que nosotros aún no podíamos ni sospechar. Mientras todavía andábamos aturdidos por el ruido ambiente provocado por el macarrismo musical del momento ellos citaban con soltura nombres míticos procedentes de la noche de los tiempos, conocían el paleolítico del rocanrol y además eran capaces de distinguir el grano de la paja… pero lo que más nos extrañaba era la chulería con que ponían a Cochran y Gene Vincent en todo lo alto del olimpo del rock, por encima incluso de Elvis y de Chuck Berry. El caso es que pese a nuestra juventud desaliñada muchos éramos estudiosos y aplicados, gente seria que por habernos subido al carro del rocanrol casi treinta años después de que arrancara asimilábamos con apetito todo lo que nos habíamos perdido. Pronto descubrimos que igualarse en conocimientos a aquellos rockers no era tan difícil, que simplemente eran un poco fantasmas, aunque entrañables. Nunca estaríamos a la altura de esas pintas tan fastuosas que lucían con arrogancia, pero pudimos aprendernos todo el rock de los 50 en un santiamén sin sentir vergüenza por nuestros vaqueros desteñidos y camisetas de Discoplay. En concreto el nombre del tal Eddie Cochran nos llegaba desde montones de direcciones distintas, por ejemplo esta.

Por los Rolling Stones supimos de Twenty Flight Rock y Rod Stewart nos descubrió Cut Across Shorty. Sid Vicious y los Pistols pusieron el toque punkarra a Somethin’ Else y C’mon Everybody y algo más tarde, desde su cofradía sevillana, Silvio y Sacramento se marcaron una deliciosa adaptación de Three Steps to Heaven. Gente de todo pelaje, como pueden ver. Pero déjenme decirles que fue The Who el grupo que mejor supo traerse a Cochran a nuestro terreno. Sería un clásico del rock de los 50, pero sonaba de maravilla amplificado a la manera del rock de masas. Lo tocaron en todos los grandes festivales de la época y lo fueron haciendo cada vez más pesadote a medida que avanzaban los 70, imprescindible en su repertorio desde que quedara inmortalizado en su disco en directo más memorable.

The Who - Live at Leeds
Live at Leeds (1970)

Si la de los Who es la versión más famosa, la canción que Silvio cantó en misa y repicando tenía un significado especial, pues hablaba de estar unos pasos cerca del cielo con la desgraciada circunstancia de que fue el single póstumo de Eddie Cochran. Su historia fue bien triste, muerto a la manera James Dean dejando un bonito cadáver de 21 años, con un solo LP y un buen puñado de éxitos en formato pequeño que enseguida se recuperaron para el 12 of His Biggest Hits cuya foto pusimos más arriba. Había cruzado el charco para conquistar Inglaterra animado por Gene Vincent, pero un accidente camino de un aeropuerto acabó con Eddie y dejó a Gene tullido y amargado. Las actuaciones que dieron antes de la tragedia dejaron huella en los fans británicos, como demuestran todos los ejemplos que mencionamos en el párrafo anterior y que unos primerizos Beatles tocaran Twenty Flight Rock en The Cavern y en Hamburgo mucho antes que los Stones. Con el tiempo Cochran también fue profeta en su tierra, con artistas tan variados como New York Dolls o Bruce Springsteen reivindicando su repertorio, pero creo que el primer grupo estadounidense de rock potente que lo hizo fue este.

Blue Cheer - Vincebus Eruptum
Vincebus Eruptum (1968)

Decíamos que los Who utilizaron el Summertime Blues como bandera en cada festival donde tocaron: 1970 en Isle of Wight, 1969 en Woodstock y 1967 en Monterey. Por la proximidad de fechas, seguro que los californianos Blue Cheer escucharon la versión de The Who en Monterey y le dieron una vuelta de tuerca para que abriera como es debido su primer LP.

Pasan los años y la brutalidad de Blue Cheer nunca deja de asombrar. En principio era un grupo psicodélico, pero a la hora de la verdad se apuntaron a la moda del power trío y por esta salvajada se les suele mencionar como precursores de Black Sabbath y cosas así de heavys. Es muy posible que la influencia con los Who fuera de ida y vuelta, pues seguro que Pete Townshend asumió lo de Blue Cheer como un reto y acabó retorciendo el Summertime Blues hasta límites insospechados. Además, en esta toma que perpetraron en la televisión alemana el realizador tampoco se quedó corto con todo tipo de zooms enloquecidos e imágenes superpuestas. Recuerdo haberla visto por primera vez en alguno de esos programas que se marcaban Diego Manrique o Carlos Tena en La 2, cuando la circulación de material audiovisual era tan escasa que la emisión de semejante joya del Beat Club alemán en nuestra tele pública era todo un acontecimiento. Y últimamente me he vuelto a encontrar a los Blue Cheer en el garage de Little Steven, lo que nos devuelve al punto exacto en que lo dejamos justo antes del verano.

Más información sobre el asunto en el blog Tonterías de Verano: “Eva María: Esto se parece mucho al Summertime Blues” y “Una noche de verano: Ahora sí, el Summertime Blues a la española”, publicados en agosto de 2016.

Sigo con Spinetta

Domingo, 26 de febrero de 2012.-
Pasan los días y no consigo despegarme de la música de Spinetta. Continúo donde lo dejé, en la octavilla de sus conciertos en 2002.

Spinetta gira esapñola 2002

Hubo que esperar treinta y pico años de carrera de Luis Alberto Spinetta para verle sobre un escenario en España. Reconozco que yo no esperé mucho, hacía poco que había descubierto su música, pero aún así sentí esa emoción tan especial de estar viviendo un acontecimiento histórico. Allí, tan cerca del maestro, en una sala tan acogedora como Galileo. Entre algún clásico dosificado con cuentagotas, el concierto se basó sobre todo en el repertorio de Los ojos, su disco más reciente entonces, más alguna canción larguísima de sus últimas andanzas con su grupo Los Socios del Desierto. Algo parecido a esto.

Creo recordar que nos visitó haciendo una escala durante su camino hacia un festival de jazz en Francia, donde por lo visto su música sí era muy apreciada. Parece extraño que llegaran mejor sus palabras a los franceses que a lo españoles, pero así de raro nos resulta Spinetta. Hace poco ha contado Diego Manrique en su blog que lo entrevistó en aquella ocasión y Luis Alberto se comportó como un estúpido marcando distancias con pose de divo. Me lo puedo creer, pues esos tres conciertos en Zaragoza, Barcelona y Madrid tenían pinta de ser un compromiso apretado con calzador para promocionar un disco recopilatorio que le importaba más bien poco ante un público que le interesaba aún menos. No insistiré en ese asunto, sobre todo después de lo mal que se han tomado en Argentina el artículo de Manrique (¡hay que ver cómo se ponen los argentinos si les tocan a uno de sus mitos!). Supongo que es el riesgo que corren los periodistas cuando conocen en persona a músicos a los que admiran.

Sobre las tablas fue otra cosa. Spinetta actuó como un grande. Fue educado y agradecido con el público, y especialmente considerado con sus compatriotas presentes en Galileo Galilei. La sala no llenó a reventar, pero convocó a bastante gente teniendo en cuenta que era uno de los primeros domingos de aquel verano, con Madrid medio vacío… ¡y a las 7 de la tarde! Quizá tenía que salir pronto para tomar un vuelo a París, o quizá fue por influencia de la Copa del Mundo de fútbol. Ese día, el 30 de junio, se jugó la final del Mundial de Corea y Japón. Los partidos se televisaban a horas asiáticas y andábamos todos trastornados. Brasil se proclamó pentacampeona y el héroe fue Ronaldo, pero el Ronaldo de verdad. Aclaro que el concierto fue unas horas después, no como la conferencia de Borges en 1978.

Viejas canciones (2004)

La visita sirvió como primera toma de contacto antes de la publicación de Viejas canciones, un recopilatorio editado exclusivamente en España. Y poco después hubo una nueva gira, ya con la foto que se usó como portada de su disco español.

Segunda gira española de Spinetta

Me perdí esta segunda cita, supongo que la dejé pasar por tener tan reciente la anterior. Sí me compré el disco. No era una vulgar colección de grandes éxitos, sino una cuidada selección supervisada por el propio Spinetta. No entró ninguna canción de Almendra, un par de ellas de Pescado Rabioso, algunas de sus discos en solitario y, sorprendentemente, hasta diez temas de Invisible. Esa es la imagen que él quiso ofrecer de su propia carrera a un público que nunca había tenido la oportunidad de oírle.

InvisibleSpinetta, Pomo y Machi

Invisible significó la tercera gran etapa en la trayectoria de Spinetta. Según él fue el grupo en el que, sumadas las experiencias de sus anteriores proyectos, hizo exactamente la música que quería hacer. Reclutó a Pomo y a Machi, que habían sido base rítmica en Pappo’s Blues, y se convirtieron en un sofisticado trío de jazz-rock al servicio de las canciones de su líder. Y alcanzaron su tope de perfección justo en su último disco.

Invisible - El jardín de los presentesEl jardín de los presentes (1976)

Realmente tuvo que ser el mejor, pues Spinetta lo incluyó casi íntegro en Viejas canciones. Ahí estaban maravillas como El anillo del capitán Beto o Que ves el cielo, pero puestos a elegir un broche para estos días spinettianos, me quedo con esta.