Rock al 1/4 de hora: Space Truckin’

Martes, 2 de febrero de 2016.-
Ya les conté hace poco que un estúpido anuncio de colonia me sirvió como excusa para recordar a Deep Purple. Gracias a tan tonto motivo disfruté del placer de escucharme un Made in Japan del tirón, una de esas cosas que habría que tomar como costumbre hacer cada cierto tiempo. Más en concreto reparé en esta pieza descomunal que, de paso, me sirve para desempolvar una vieja sección dedicada a canciones de un cuarto de hora. Cuarto de hora largo en este caso, casi veinte minutos.

Mientras suena Space Truckin’ les cuento otro detalle relacionado con el anuncio de colonia. La canción que servía de reclamo publicitario, Child In Time como bien saben, aparece casualmente en los dos únicos discos de Deep Purple que en su momento volví a comprarme en CD. Vale que ya los tenía en vinilo, pero el sonido remasterizado y los correspondientes bonus track eran excusa suficiente para darse uno el gusto. La charla sobre la dichosa colonia se ilustró con la foto de In Rock, así que ahora llega el turno de Made in Japan.

Deep Purple - Made in Japan. The Remastered Edition
Made in Japan-The Remastered Edition (1998)

Como pueden ver, en esta Remastered Edition los colores de la portada están intercambiados: letras doradas sobre fondo negro, justo al revés que en la edición original. Ya sé que ese viejo doble vinilo de 1972 que todos tenemos por casa medio destrozado tiene un encanto insuperable, pero déjenme que les diga que escucharlo en CD en el reproductor del coche también tiene su punto, con su poderoso sonido digitalizado de los 90 y por la posibilidad de disfrutarlo en una sola tacada, sin la penosa tarea de tener que dar la vuelta al disco. Aunque quizá por respetar la tradición de que Made in Japan sea doble, esta edición aporta como propina un segundo CD titulado The Encores que añade tres canciones extra al listado habitual: unos Black Night y Speed King del concierto de Tokyo y el Lucille de la segunda noche en Osaka. Aquí debajo les pongo un trozo de contraportada del vinilo original, o sea, letras negras sobre fondo dorado. Ampliando un poco se puede ver a qué recital pertenece cada una de las siete canciones del mítico Made in Japan de toda la vida.

Contraportada del Made In Japan
Detalle de la contraportada original

Space Truckin’ era la séptima y última canción del disco, ocupando ella solita la cara cuatro del disco doble. La toma original en estudio que apareció ese mismo año en el disco Machine Head era un corte normal y corriente de cuatro minutos y pico. Como en esos conciertos japoneses de agosto de 1972 andaban prácticamente presentado las nuevas canciones, aprovecharon para explayarse con ellas e introducir toda clase de improvisaciones, especialmente en este periplo espacial. En su parte central el teclista John Lord expone todo su repertorio de ruiditos interplanetarios durante un buen montón de minutos hasta que en el punto más álgido toma el relevo la guitarra de Blackmore. El público de Osaka rompe a aplaudir en un falso final, pero como la cosa se reanuda con toda la fuerza ya no saben a qué atenerse y el desconcierto llega cuando la canción acaba de verdad. Se produce un silencio absoluto y los japos demoran respetuosamente su ovación unos diez segundos, hasta estar bien seguros de que había terminado.

Esta es probablemente la primera vez que en A70 nos fijamos en un instante de silencio. Deténganse por un momento en ese minuto 19 y piensen en cómo tuvieron que sentirse esas miles de almas durante esos diez segundos. Tuvo que ser realmente mágico.

De los Archivos A70, hoy recuperamos el contenido íntegro de “El rock está muerto… ¡larga vida al rocanrol!”, que fue publicado originalmente el sábado 20 de marzo de 2010.

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Nuestro enemigo David Bowie

Lunes, 18 de enero de 2016.-
Hace una semana que se murió Bowie, paradigma y cumbre de todas las vanguardias. El lunes pasado bien temprano corrió la noticia por las redes sociales, lo que no quita que muchos lo oyéramos por la radio en la voz de alguno de esos locutores cavernarios de programa matinal. Qué atraso, qué enorme paradoja tratándose de un artista como Bowie, siempre tan moderno. Pero no nos engañemos: más allá de poses extraterrestres y futuristas, David Bowie era un personaje tan del siglo XX como la inmensa mayoría de sus fans. Reafirmándome en la idea, mi particular homenaje fue comprarme un periódico al día siguiente, que es lo que hacemos las personas antiguas cuando ocurre un gran acontecimiento. Aún digiriendo el empacho de loas a su habilidad para vulnerar la ortodoxia del rock, aquí nos conformaremos con recordar que también hubo una etapa en la que supo mantenerse más o menos en la ortodoxia.

Este Jean Genie puede que sea el momento de su carrera en que más se ajustó a los cánones de un género de moda, como en esos años era el glam-rock, con aparición en Top of the Pops incluida. Se publicó como single en 1972 con unos meses de adelanto a Aladdin Sane, el LP al que pertenecía. Con el anterior Ziggy Stardust y el siguiente Diamond Dogs integra su trilogía perfecta de rock alienígena y un poco gay, las extravagancias cotidianas que se llevaban en el mundillo glam. Esos son los tres discos de David Bowie con los que más cómodo se puede sentir el roquero de a pie, habitualmente más proclive al conservadurismo musical que a las tonterías y las moderneces. 

David Bowie - Aladdin Sane
Aladdin Sane (1973)

El problema fue que a quienes empezamos a escuchar música en los ochenta nos costó unos cuantos años descubrirlo. Para los jóvenes roqueros de los ochenta David Bowie era nuestro enemigo, el villano más despreciable y el mayor traidor conocido de todo el universo musical, pues a diferencia de otros a los que se suponía la desgracia de ser horteras de nacimiento, Bowie era hortera sobrevenido y por voluntad propia. Él, que había tenido el honor de compartir escenario con el gran Mick Ronson, se permitió el lujo de prescindir del guitarrista primero para hacer un disco de funk-soul moña y luego para juntarse con Brian Eno a experimentar con la cosa techno y electrónica de su etapa berlinesa. Y todo con tal de no perderles el paso a nuevos músicos punks y nuevaoleros que venían pegando fuerte, o sea, unos bandazos inaceptables para cualquier roquero de bien. Pero eso no fue lo peor, pues luego vino Let’s Dance repleto de toda esa bazofia discotequera… cómo detestábamos los coritos de Modern Love y sobre todo ese vomitivo videoclip con Mick Jagger en el que destrozaban un clásico de Martha Reeves y las Vandellas. Nos horrorizaba su forma de vestirse y sus ínfulas para marcar tendencia entre el pijerío más sonrojante. En definitiva, ejerció una influencia funesta que contribuyó a recluir a los roqueros de barrio cada vez más dentro de nuestro ghetto.

De todas formas, aún en las tribus más cerriles, siempre había un erudito que exigía un respeto por Bowie, algún enterado que recomendaba apasionadamente la escucha de sus discos de diez años atrás. Por eso y porque su protagonismo discográfico fue decreciendo a medida que avanzaban los ochenta, la figura de David Bowie fue acomodándose poco a poco en categoría ‘por encima del bien y del mal’. Alguna cancioncita suelta bien colocada en tal o cual banda sonora, algún papel protagonista en el cine como pareja vampírica de Catherine Deneuve o prisionero de guerra en el Japón, algún disco recopilatorio para levantar el ánimo tras una gira poco brillante y para el final de la década ya ni el roquero más integrista discutía su presencia en el olimpo del rocanrol. Y cuando menos se esperaba, de repente Bowie remata la jugada inventándose un grupo de rock potente, en los mismísimos límites jevimetaleros.

Tin Machine
Tin Machine (1989)

No fue más que un entretenimiento efímero, una excusa para juntarse con sus amigotes en los periodos que quedaban libres entre sus giras en solitario y sus compromisos promocionales, sin embargo con Tin Machine demostró una vez más el olfato que tenía para dejarse llevar por las tendencias del momento y anticiparse un minuto a la siguiente revolución que iba a acontecer en el mundo del rock. Vamos, que en aquel momento ya existían los Pixies, pero aún faltaban un par de años para que a alguien se le ocurriera poner nombre al grunge.

Pese a que este experimento de Tin Machine no fue demasiado apreciado entonces y se acabó disolviendo por pura indiferencia, al menos sirvió para terminar de reconciliar con Bowie a la mitad más cabreada de la audiencia del rocanrol. Quizá por eso en 1990 ya pudo presentarse en el rockódromo madrileño con toda respetabilidad roquera, libre de pecado, y los habituales parroquianos del polvoriento anfiteatro pudimos acudir a su concierto sin tener que avergonzarnos ante nuestros colegas. Sobre el viejo escenario de la Casa de Campo donde habíamos tenido a Zappa, a los Kinks y a Van Morrison, ahora disfrutábamos de David Bowie, ¿algún problema? Guardo un gran recuerdo, era la gira Sound + Vision en la que anunciaba que iba a cantar todos esos clásicos de su repertorio por última vez, así que todo fue muy sobrio y muy emotivo, nada que ver con el anterior Glass Spider Tour y sus sillones colgando del techo. Era una verdad a medias, pues claro que volvió a cantar todas esas canciones muchas más veces, pero sí es cierto que significó un punto y aparte para comenzar a explorar las posibilidades del dance, del drum, del bass, del techno y de todas esas historias electrónicas de las que, me van a disculpar, ni sé ni tengo la menor intención de saber.

Rockódromo de la Casa de Campo, septiembre de 1990
Rockódromo, septiembre de 1990

Volviendo a lo del principio, les diré que aproveché para echar un vistazo a El País en el bar donde desayuno y luego me compré El Mundo. Fobias y filias aparte, no había color: dos páginas contra siete, con muchas más firmas invitadas, infografías y recuadritos de apoyo. Recuerdo que cuando lo de Krahe encontré más o menos lo mismo: los estragos de la crisis en el papel impreso no hay quien los pare, pero a día de hoy unos lo sobrellevan mejor que otros. Entre la nómina de colaboradores, aparte de los periodistas del ramo que pueden imaginar, un compungido Loquillo responde en El Mundo a la pregunta que él mismo formuló en uno de sus primeros discos: ¿donde estaba él en el 77? Pues maquinando un cóctel estilístico con el fenómeno punk, la muerte de Elvis y el Heroes de Bowie como ingredientes, tres sucesos de rocanrol que ocurrieron ese año con pocos meses de margen. He aquí un rocker barcelonés que supo asumir a Bowie en su momento con total falta de prejuicios, ahí está el tío.

Anexo 19/01/2016: Por tardar una semana en escribir esta necrológica de rocanrol se nos junta con la siguiente. Hoy nos hemos enterado del fallecimiento de Glenn Frey. Curiosamente, la única vez que aquí se habló de los Eagles fue sobre una canción cuya voz solista no era la de Don Henley, sino la de Frey. Glenn Frey, David Bowie… descansen en paz.

De los Archivos A70, hoy recuperamos el contenido íntegro de “La canción perfecta”, que fue publicado originalmente el jueves 18 de noviembre de 2010.

Ian Gillan en un anuncio de colonia

Lunes, 4 de enero de 2016.-
Aprovecho para felicitarles el Año Nuevo a propósito de un anuncio de colonia que me ha llamado mucho la atención estos días. Muy bien elegida la banda sonora, pero los muy cobardes solo utilizan una ráfaga de treinta segundos comprimiendo las partes más suaves de esta monstruosidad de canción. Esto hay que oírlo entero, por favor, que son solo diez minutillos.

Es lo que se llama publicidad engañosa. Si uno ve el anuncio y sigue los pasos de esa delicada chica japonesa a cuyos pies van brotando amapolas tan rojas como su vestido puede imaginar que la dulce melodía podría pertenecer a algún olvidado grupo psicodélico del San Francisco hippie, o quizá algún viejo baladista europeo que mediados los setenta se apuntó a la moda progresiva. Pues no, es Ian Gillan quien susurra mientras la prota se exhibe despreocupada ante los siete samuráis uniformados de negro que la reciben en rigurosa posición de firmes. Es un fastidio tener que colar un spot en A70, pero no queda más remedio que enlazar el anuncio para que puedan comprender los sentimientos encontrados que produce. Por un lado, la sana satisfacción de descubrir que los clásicos del rock aún pueden conmover a las masas, aunque sea para incitarles a comprar una colonia cara. Por otro, la indignante sensación de que nos han mutilado de mala manera este pedazo de rocanrol. Porque, señores de la industria del perfume, sepan ustedes que han osado utilizar a los grandísimos Deep Purple para sus sucios objetivos, y eso nos ofende a todos los buenos aficionados al rock. Han menospreciado ustedes a los míticos Purple, que nunca usaron colonia ni falta que les hizo. Véanlos, véanlos en el vídeo de arriba. Y miren aquí debajo en la portada del disco cómo de verdad fueron los más grandes y tampoco tenían abuela.

Deep Purple - Deep Purple In Rock
Deep Purple In Rock (1970)

Sí señores, aquí tienen a los Purple en su más legendaria formación, la tantas veces celebrada Mark II. En el arranque de la canción, para gozo de la chica japonesa, la teclas de Jon Lord, los platos de Ian Paice y el bajo de Roger Glover se mantienen en contenida tensión antes de que todo se desboque. La dulce voz de Ian Gillan completa el tramposo inicio preciosista, primero susurrando en falsete, luego aullando y finalmente, hacia el minuto tres, ya gritando como un poseso. Quizá los señores publicitarios al servicio de las firmas de perfume caro, en su afán por sugerir antes que mostrar y siempre tan dados a la sutileza, hayan querido manipular la imaginación de los que conocemos bien la canción. Porque suponemos hacia dónde se va a dirigir en ese minuto tres la historia de la chica japonesa con el joven al que ella eligió restregando la amapola por su barba de tres días. Y no digamos ya en el minuto cuatro, con toda la banda atronando al máximo para que el maestro Ritchie Blackmore dibujara todas esas diabluras guitarreras que tan bien se le daban. Luego un descanso en el minuto seis, y vuelta a empezar.

Les dejo, que mañana hay cabalgata.

De los Archivos A70, hoy recuperamos el contenido íntegro de “Dirige la orquesta el maestro Francesco Zappa”, que fue publicado originalmente el martes 8 de enero de 2013.

Hey Joe, Feliz Navidad

Jueves, 24 de diciembre de 2015.-
Desde hace un par de días oigo a todas horas a este señor rellenando huecos en los informativos de radio y televisión en pausas musicales o en la típica reseña cultural que se mete cuando no hay otra noticia cultural mejor. El caso es que siempre utilizan como comodín los éxitos más empalagosos de su etapa de madurez, tipo Unchain My Heart o You Can Leave Your Hat On, una pena que no conozcan nada de sus años mozos cuando acostumbraba hacer interpretaciones salvajes de verdad. Por ejemplo esta versión del éxito de los Box Tops.

Lo que ocurre es que el pobre Joe Cocker tuvo la desgracia de morirse hace un año en fecha tan señalada, detalle este que garantiza la gloria artística para la posteridad. Igual que el aniversario de la muerte de Elvis sirve para llenar el vacío informativo de agosto (formando junto a Groucho y Marilyn la trilogía fúnebre del verano desde tiempo inmemorial) o el recuerdo del asesinato de Lennon nos pilla en pleno puente de la Inmaculada (que en 1981 todavía no había mucha costumbre de referirse a la Constitución), a partir de ahora la voz de Joe Cocker servirá para anunciar el inicio de la Navidad.

Joe Cocker - Mad Dogs & Englishmen
Mad Dogs & Englishmen (1970)

Hace años, muy al principio de empezar a escribir este blog, este disco ya fue mencionado en un texto que al final expresaba la intención de conseguir la película homónima rodada en esa misma gira y pegarle un buen repaso, que ahí sí que quedó reflejada una gira de rocanrol de auténtica locura.

Joe Cocker - Mad Dog & Englismen (poster)
El póster de la película

El asunto sigue pendiente, pero como estamos en fechas de buenos propósitos podría ser una buena idea añadirlo a la lista de cosas por hacer en este 2016 que estamos a punto de inaugurar. Sirva como anticipo este fragmento con The Letter, con esa energía bestial de la sección de viento, esos coros emocionantes y ese malencarado Leon Russell al piano con su mirada de psicópata. Y, desde luego, sirva esta banda sonora para felicitar las fiestas a los lectores de A70 con un Joe Cocker ya para siempre incorporado a la iconografía navideña.

De los Archivos A70, hoy recuperamos el contenido íntegro de “Joe Cocker y su asombroso momento Woodstock”, que fue publicado originalmente el viernes 20 de noviembre de 2009.

The Who en serie media a 6 euros con descuento progresivo 4×20 y 10×40

Lunes, 21 de diciembre de 2015.-
Lo primero mis disculpas por estos meses de silencio de A70, inactividad que de momento ha dejado en el tintero algunos textos muy prometedores sobre Keith Richards y Ramoncín, ya saben, dos de los grandes referentes morales de este sitio. Veremos qué se puede hacer. Sí les digo que el paréntesis ha servido al menos para disfrutar del placer de la música y en algunos casos hasta de la sagrada costumbre de comprarla antes de escucharla. Por ejemplo esta.

Pues resulta que un gran almacen de los que aún conservan media planta dedicada a este negocio en decadencia puso una oferta que obligaba a ir a la compra como antiguamente, con una lista y calculando bien el número de ejemplares para cuadrar la cuenta. Escogiendo en amplio catálogo de series medias a 6 euros se podía abaratar con la fórmula del 4×20 y 10×40, o sea, abaratando un euro cada disco comprando cuatro y si el montón era de diez el ahorro era de dos euros por CD, quedando la cosa en el muy razonable precio de 4 euros por disco. Un chollo, vaya. Siempre habrá el clásico ‘yo no soy tonto’ que diga “pues más barato me sale a mí que me lo bajo gratis”, pero mejor no perder el tiempo con quienes son incapaces de entenderlo. Los que hemos pasado media vida rebuscando entre las estanterías de las tiendas de rock tenemos la necesidad de revivirlo de vez en cuando por la cosa sentimental, qué se le va a hacer. Quedé con un amigo para aprovechar la oportunidad y uno de los grupos más apetecibles en la selección de títulos era The Who.

The Who - Who Are You
Who Are You (1978, reed. 1996)

Me van a comparar un archivo informático por muy gratuito que sea con un clásico del rocanrol reeditado con mimo, acompañado de su libreto generoso y tres o cuatro bonus por disco. Por ejemplo lo que está sonando, que quizá ustedes asocien con la sintonía de cierta célebre serie de televisión, es el gran hit perteneciente a su disco de 1978, titulado igualmente Who Are You, pero entre los cinco bonus track de esta reedición de 1996 aparece una segunda versión catalogada como Lost Verse Mix. Qué bonito detalle. Otra de las cosas de las que se entera uno leyendo el cuadernillo (con lupa, es lo malo del formato CD) es de las circunstancias de la muerte del batería Keith Moon a los pocos días de finalizar la grabación, por lo que el ‘not to be taken away’ escrito en la silla en la que aparece sentado en la foto de portada dio lugar a toda clase de especulaciones. Casualidad o no, en el vídeo aparece el tío tan bromista y juguetón como siempre fue, puede que ya algo gordo y castigado por su vida de rockstar al límite, y así quedó inmortalizado para la película Los chicos están bien, que como buen documental de rock redondeaba su final con el miembro más gamberro del grupo adornando su necrológica con una disparatada mezcla de pastillas y alcohol.

The Who - The Who by Numbers
The Who by Numbers (1976, reed. 1996)

No fue el único disco de The Who que cayó. La oferta incluía también los posteriores It’s Hard y Face Dances, que por ser bastante menores y haber prescindido de ellos en su momento pueden ser disfrutados ahora de forma mucho más relajada, que las exigencias de autenticidad y los criterios de fan defraudado ya ni se sabe dónde quedaron. Total, que en las dos compras de a diez que hice con el amigo con el que quedé nos llevamos varios de esos discos a pares. También completamos con alguno que nos faltaba de la época mod, en mi caso A Quick One, pero generalmente fuimos a saco a por su época más peluda. Este The Who By Numbers también pasó un poco inadvertido en su discografía, sobre todo porque le tocó la difícil papeleta de ser el siguiente al monumental Quadrophenia. Digo lo mismo que antes, que escuchado ahora tampoco está tan mal. Y el dibujo firmado por John Entwistle tiene el encanto de lo cutre… algún valiente habría que completó a boli la portada de su vinilo. En el libreto se explica que no era fácil introducir las nuevas canciones en un repertorio de directo trufado de exitazos de Tommy, Who’s Next y Quadrophenia, pero pese a todo se dieron el gustazo de volver a girar por territorio británico rematando con un ciclo de tres conciertos de inspiración futbolera en los estadios del Charlton Athletic, Celtic y Swansea, de lo cual queda constancia con tres bonus track Live at Swansea Football Ground 1976. No he encontrado prueba visual de esa actuación en concreto, pero aquí tienen otra de más o menos la misma época.

De los Archivos A70, hoy recuperamos el contenido íntegro de “La compra de discos semestral (I)”, que fue publicado originalmente el martes 21 de junio de 2011.

La película de Smash, la película de Julio Matito

Sábado, 20 de junio de 2015.-
Como ya saben de la anterior lectura, el éxito de Smash fue efímero y su corta carrera dejó un legado más bien escaso en grabaciones, sesiones fotográficas y material audiovisual. Para rematar el relato interrumpido en 1973 damos un salto hasta 1979, momento en que pudo concretarse el regreso del grupo. Fue Ángel Casas quien obró el milagro de reunir a los Smash originales excepto Henrik para tocar juntos en Musical Express, programa de TVE de la factoría de San Cugat.

Viendo aquí a Gualberto, Julio y Antoñito en plan power trío se puede uno imaginar que, transcurrido un lustro desde que tiraran la toalla, esta gente quizá estaba un poco arrepentida de las decisiones tomadas entonces y necesitaba volver a sentir la excitación de tocar en un grupo de rock. El punto álgido de Smash les proporcionó un prestigio y reconocimiento al que, no nos engañemos, ni llegaron a acercarse con sus proyectos en solitario. Ellos habían sido grandes cuando la industria del rock en España era casi inexistente; ahora que parecía que empezaba a salir del subdesarrollo era de justicia que reivindicaran su sitio. Tal vez funcionarían bien con este enfoque progresivo y a la vez hardroquero, que ahí es donde parecía haberse desplazado la mayor parte del público. Capacidad como instrumentistas tenían de sobra y la aptitud vocal de Julio Matito también quedaba muy por encima de tanto Ian Gillan de pacotilla como andaba por aquí pegando gritos sin ton ni son. Vamos, que la reunión de Smash más allá de su actuación en Musical Express estaba casi confirmada, según asegura Ángel Casas en la película. Ah, que ya casi se me olvidaba, existe una película dedicada a la historia de Smash donde se explica todo esto con absoluta nitidez y verdadera devoción por el grupo.

Gervasio Iglesias - Underground, la ciudad del arco iris
Underground, la ciudad del arco iris (2003)

Si no la han visto, pónganla entre sus tareas pendientes: la estupenda Underground, la ciudad del arco iris es una rareza deliciosa dentro el raquítico panorama del cine documental sobre rock en España. No sé si se comercializó lo suficientemente bien como para todavía encontrar una copia por algún sitio, si no aquí pueden verla cazada al vuelo en el Canal Historia, aunque la imagen de este enlace es tan deficiente que no sé si merece la pena. La dirigió Gervasio Iglesias, quien ante la falta de material original tiró de imaginación adornando la narración con animaciones digitales y actores vestidos al modo de la época. Les doy otra pista para conseguirla: se incluyó como DVD extra en una reedición en digipack de un recopilatorio de rock andaluz, Duende eléctrico, al que se cambió el nombre para la ocasión.

Hijos del agobio y del dolor
Hijos del agobio y del dolor (2006)

Underground merece mucho la pena. Recupera imágenes inéditas o poco conocidas de Smash y las ubica con precisión en su contexto con los testimonios de todos los protagonistas. Bueno, de todos los protagonistas menos Julio Matito, que ya no estaba para contarlo. Cada Smash tenía su propia película, a cual más interesante, pero la de Julio llega al corazón por su desgraciado final. Siempre que se le menciona queda claro que era un tipo especial, querido por todos. Manuel Molina, que al ser el último en llegar era quizá el que podía apreciarlo con más claridad, señala a Matito como motor creativo del grupo. Él era el que tenía el impulso de tirar hacia adelante y, dado lo mucho que era apreciado por todos, era capaz de conseguir que cada Smash pusiera lo mejor de sí en beneficio del proyecto común. Cuando el grupo se deshizo, y esto ya lo cuenta su mujer, el desengaño fue tan grande para Julio que decidió apartarse por completo de la escena artística. Por lo visto se retiró a un chiringuito en la playa de Chipiona, donde hizo amistad con un tipo que le animó a meterse en política. Qué poder de convicción no tendría que consiguió que volviera a colgarse la guitarra, actuando en actos del partido, componiendo el himno del PSOE para la campaña de 1977 e incluso grabando un LP en solitario que se distribuyó exclusivamente en las sedes del partido.

Julio Matito - ¡Salud!
Con Pablo Iglesias en la portada, pero el de verdad

El sujeto en cuestión tuvo cierta importancia posterior en el panorama político, era un tal Felipe González, pero Matito tampoco debió de sentirse a gusto con el meteórico ascenso de su amigo hacia el poder, factor decisivo que lo distanció de la política y le impulsó a volver al redil del rocanrol. Y en este punto regresamos al comienzo, a la mítica actuación de Musical Express, en la que para redondear la jugada también participaron unos Lole y Manuel ya con estatus de celebridades.

Estremece ver estas imágenes sabiendo que fue la última aparición pública de Julio Matito antes del accidente. Según cuenta Ángel Casas, él fue quien le propuso largar su estancia en Barcelona para grabar la entrevista que acompañaría la actuación. Al final no hubo entrevista, pues la carretera se cobró la vida del músico antes de que diera tiempo a nada más. Una pena sobre todo por él, que es lo que se dice siempre, porque aunque quede feo es inevitable lamentar la pérdida de esos Smash renacidos que podían haber sido realmente grandes. A juzgar por lo que grabaron para la tele la cosa tenía una pinta estupenda, incluso parece que se iban a atrever por fin con las letras en castellano.

En parte recordé todo esto porque los de Ochéntame otra vez, el programa de nostalgia ochentera que desempolva los archivos de TVE, dedicaron un capítulo al nuevo flamenco. La parte que se refería a Smash se ilustraba sobre todo con escenas de La ciudad del arco iris y con declaraciones actuales de Manuel Molina que, avatares del destino, también se emitieron solo unos días antes de su reciente fallecimiento. Salvando las distancias, lo mismo que ocurrió con Julio Matito.

De los Archivos A70, hoy recuperamos el contenido íntegro de “Tragedias del rocanrol vol. III: Phil Lynott”, que fue publicado originalmente el domingo 2 de enero de 2011.

Las cinco canciones en que Manuel Molina se hizo roquero

Domingo, 14 de junio de 2015.-
Se murió Manuel Molina, figura de referencia en la puesta al día que tuvo el flamenco en el último cuarto del siglo XX. El flamenco me pilla bastante lejos, ni siquiera presté demasiada atención a Lole y Manuel, y sin embargo me afectó su pérdida como si fuera un músico de los míos. Si relaciono esta muerte con el rock español es porque Manuel Molina formó parte de un experimento maravilloso que tuvo lugar en Sevilla a principios de los 70. La cosa fue tan intensa y tan genial que se extinguió casi al instante dejando como legado cinco canciones grabadas en Barcelona en unas sesiones loquísimas. Esta es una de ellas.

Manuel Molina se juntó con Smash cuando el grupo ya había publicado dos LP’s. Ya antes de llegar Molina se les solía etiquetar como grupo de rock andaluz, aunque más por ubicación que porque su música mostrara la raíz sureña. Julio, Gualberto y Antoñito eran los tres sevillanos, mientras la nota exótica la ponía Henrik, un danés plenamente integrado en el paisaje de la ciudad. Todos ellos participaban del gusto por el flamenco, pero en realidad su música era hippie casi al cien por cien. Ser hippie en aquella época en Sevilla no debía de ser nada fácil, pero allí se concentraba tal cantidad de creatividad con pelo largo que los historiadores suelen estar de acuerdo en que era el principal foco roquero de España. Fue por culpa, según se ha dicho, de las bases americanas de Rota y Morón. Los sevillanos se interesaron por los discos que traían los soldados y los yanquis alucinaron con el flamenco, así empezó todo. Lo de asombrar al underground español con un grupo de rock progresivo desde Sevilla fue idea, cómo no, de Gonzalo García-Pelayo, pero lo de añadir a Smash un flamenco de pedigrí hay que atribuírselo a Ricardo Pachón. Entre productores andaba el juego.

Smash como quinteto en 1971
La única foto de internet en la que salen los cinco 

He leído por ahí en el libreto de un CD que Manuel Molina tenía que incorporarse al servicio militar. Pachón le propuso unirse a Smash y a cambio él utilizaría sus influencias para librarle de su compromiso con la patria. No creo que a Molina le hiciera mucha gracia convertirse en roquero, pero mucho menos le apetecería lo de la mili, por eso en las pocas fotos que se hizo con el grupo Manuel Molina disimula su pelo corto bajo un gorrito de cuero que le daba un cierto aspecto a lo Pete Townshend. La mezcla era explosiva, cuatro hippies de Sevilla con un gitano nacido en Ceuta, y como en seguida se vio que entre ellos había feeling se fueron a Barcelona rápidamente a grabar lo que fuera. Antes que nada hay que aclarar que fusión, lo que se dice fusión, hubo más buen poca. Los hippies iban por su lado y el gitano por el suyo. Respetaban sus turnos: cuando Julio Matito paraba de cantar, entonces empezaba Manuel; cuando éste daba sus últimos toques a la guitarra flamenca, Gualberto le tomaba el relevo con la eléctrica o el sitar. Juntos, pero no revueltos. A veces todos a la vez, muy pocas jaleando los hippies o rocanroleando el gitano.

Smash - El garrotin
El garrotín/Tangos de Ketama (1971)

La publicación del segundo LP, We come to smash this time, ponía fin a su contrato discográfico con Phillips en ese mismo 1971 con más pena que gloria. Era el momento de cambiar y, casi de inmediato, Ricardo Pachón les facilita el contacto con Oriol Regás, dueño de la sala Bocaccio y del sello de igual nombre. Rápidamente los cinco Smash se plantan en Barcelona para grabar en condiciones envidiables: libertad creativa total y enorme despliegue de medios a su disposición. No habría problema, pues en el proyecto también estaba el gran Alain Milhaud, productor de lujo que, grabaran lo que grabaran, sabría encontrar coherencia al material y sacar lustre al sonido… ummmm… ¿no hay demasiado productor en esta historia? Puede que sí, pues fue precisamente ese factor el que lo echó todo por tierra. Milhaud era una especie de rey midas del negocio y no iba a renunciar a las posibilidades comerciales que pudiera tener Smash por muy hippies que estos fueran. Y, claro que sí, el tío encontró el filón. Lo de El garrotín se adivinaba como un auténtico bombazo, así que los de Bocaccio no tardaron ni un minuto en sacar el single a la calle. Genio y figura, Gualberto no pudo soportar oírse a todas horas en la radio ni verse en las listas de éxito, por lo que abandonó el grupo de forma fulminante. Para la portada del siguiente single la foto de Smash volvería a ser de cuatro, pero ahora con Manuel Molina en lugar de Gualberto.

Smash - Ni recuerdo, ni olvido
Ni recuerdo, ni olvido (1972)

Tienen su gracia estas fotos de la época final de Smash. Parece que la estrategia fue integrar a Manuel Molina en la estética del grupo como un roquero más. Ya le había crecido un poco el pelo y la barba y podía dar el pego, que total, una camisa de cuello enorme abierta hasta el ombligo y unos vaqueros acampanados lo podía lucir cualquier macarrilla de la época, ya fuera flamenco o yé-yé. Pero bueno, el caso es que estaba claro que la cosa no daba mucho más de sí, así que apuraron esos días felices de estancia en Barcelona y cuando volvieron a Sevilla cada mochuelo a su olivo a continuar cada uno con su propia historia. Smash se disolvió como un azucarillo mientras Manuel se casó con Lole por el rito gitano y por el discográfico. El éxito de Lole y Manuel fue estratosférico, llegando a ser idolatrados por toda la juventud, sin distinción de raza, credo o condición y más recientemente siendo elevados a la categoría de mitos al ser incluidos por Quentin Tarantino en alguna de sus estilosas bandas sonoras. Nunca entendí por qué gustaban tanto en ambientes roqueros, igual era que la gente veía en Lole una especie de Janis Joplin andalusí y a Molina como un flamenco de pura cepa que se atrevió a cruzar la barrera para explorar territorios eléctricos. Y también que ambos eran muy guapos, para qué negarlo. El hecho es que Manuel Molina tuvo la visión de integrar en sus grabaciones con Lole a los músicos de Smash, precisamente el mismo camino luego recorrido por Paco Lucía y Camarón cuando coquetearon con la gente de Dolores y Veneno, ahí queda eso.

Smash - Ni recuerdo, ni olvido (Maxi)
Ni recuerdo, ni olvido (Maxi)

Pero este relato tenía que aparecer en escena un productor más, el perejil que no puede faltar en ninguna salsa… Mariscal Romero. Cuando Zafiro se quedó con el catálogo del sello Bocaccio, al Mariscal se entusiasmó con la idea de publicar bajo el logo de Chapa Discos un disco de los extintos Smash que reuniera todas esas grabaciones, pero por mucho que buscaron solo existían las mencionadas cinco canciones. No había más: El garrotín, Tangos de Ketama, Tarantos, el Ni recuerdo, ni olvido que sonó al principio más este Alameda’s blues que era un auténtico disparate. Decía la copla flamenca que “a mí se me importa poco que un pájaro en la alamea se pase de un árbol a otro”; escuchen lo auténtico que suena en inglés y en tiempo de blues.

Como no había material suficiente para completar un LP, la solución fue inventarse un engendro para meterlo en el saco del tan cacareado nuevo flamenco, con Smash ocupando la Cara A e invitando a Sanlúcar y Agujetas a completar una segunda cara. Es probablemente el disco más extraño que confirmaba la regla de un catálogo tan homogéneo como fue el de Chapa. Como dato anecdótico decir que para las portadas de este LP y del maxi que se extrajo se emplearon fotos de la última etapa de Smash como cuarteto, pero en la portada al menos tuvieron el detalle de añadir el nombre de Gualberto entre sus integrantes.

Vanguardia y pureza del flamenco
Vanguardia y pureza del flamenco (1978)

Si desean profundizar en la maravillosa peripecia de estos pioneros del rock-hippie-andaluz, les remito a los libros y artículos de Luis Clemente, mi cronista favorito en el género, y la estupenda peli Underground, la ciudad del arco iris. Solo decir que he vuelto a verla a propósito de lo de Manuel Molina y me he quedado enganchado a los avatares de la trágica biografía de Julio Matito… pero esa es ya otra historia.

De los Archivos A70, hoy recuperamos el contenido íntegro de “1973, los peludos invaden España”, que fue publicado originalmente el 17 de diciembre de 2009.